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"No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que contar y contarlo" (Oscar Wilde). "Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe" (Severo Ochoa).
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miércoles, 22 de julio de 2026

El desafío a la extinción del mamut lanudo

  

Hace apenas unas décadas, la idea de devolver a la vida una especie extinguida pertenecía exclusivamente al terreno de la ciencia ficción. Películas, novelas y documentales alimentaban el sueño de contemplar de nuevo animales desaparecidos miles de años atrás, mientras la comunidad científica observaba aquellas historias con un comprensible escepticismo. Sin embargo, los extraordinarios avances experimentados por la genética durante las últimas décadas han conseguido que algunas de esas fantasías comiencen a parecer menos improbables.

Entre todas las especies candidatas a protagonizar este desafío científico, ninguna ha despertado tanta fascinación como el mamut lanudo (Mammuthus primigenius). Su inconfundible silueta, cubierta por una espesa capa de pelo y coronada por enormes colmillos curvados, se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la última Edad del Hielo. Aunque desapareció hace miles de años, su recuerdo permanece sorprendentemente vivo gracias a las pinturas rupestres, los restos fósiles y, sobre todo, a los numerosos ejemplares congelados que el permafrost siberiano ha conservado en un estado excepcional.

Pero ¿es realmente posible traer de vuelta al mamut? ¿Estamos ante el mayor avance de la biología moderna o simplemente ante un ambicioso experimento mediático? Y, si algún día vuelve a caminar por las llanuras heladas del norte, ¿seguirá siendo realmente un mamut?

Responder a estas preguntas obliga primero a conocer mejor al protagonista de esta historia.

Los gigantes de la Edad del Hielo

Aunque solemos hablar del "mamut" como si hubiera existido una única especie, el género Mammuthus estuvo formado por varias especies que habitaron distintas regiones del planeta durante millones de años. Entre ellas destacan tres que desempeñaron un papel especialmente importante en la evolución del grupo.

El primero fue el mamut estepario (Mammuthus trogontherii), considerado uno de los mayores proboscídeos que han existido. Surgió hace aproximadamente 1,8 millones de años y se extendió por las grandes estepas templadas de Europa y Asia. Alcanzaba alturas cercanas a los cuatro metros y un peso que podía superar fácilmente las diez toneladas. Aunque presentaba una cierta adaptación al frío, todavía conservaba muchas características propias de los elefantes ancestrales que habían evolucionado en climas relativamente templados.

A partir de esta especie evolucionó el mamut lanudo, que apareció hace unos 400.000 años y terminó convirtiéndose en uno de los animales más característicos del Pleistoceno. Su distribución fue enorme: ocupó buena parte del norte de Europa, Siberia, Alaska y Canadá, formando parte de un inmenso ecosistema que hoy conocemos como la estepa del mamut.

Mientras tanto, en América del Norte prosperó otra especie muy diferente: el mamut colombino (Mammuthus columbi). Habitó regiones más templadas del actual territorio estadounidense y del norte de México. Era incluso algo más grande que el mamut lanudo y poseía mucho menos pelo, una adaptación lógica a unas condiciones climáticas considerablemente más suaves. Durante miles de años ambas especies llegaron incluso a coincidir en determinadas zonas del continente americano, donde existen evidencias de que llegaron a cruzarse ocasionalmente.

Sin embargo, fue el mamut lanudo quien logró conquistar uno de los ambientes más extremos del planeta.

Un mamut lanudo (Mammuthus primigenius). Fuente.


Un auténtico especialista del frío

Si observamos un mamut lanudo junto a un elefante actual, las diferencias resultan evidentes. Aunque ambos pertenecen a la misma familia, millones de años de evolución los condujeron por caminos muy distintos.

El mamut lanudo desarrolló un impresionante conjunto de adaptaciones destinadas a sobrevivir en temperaturas que podían descender por debajo de los cuarenta grados bajo cero durante gran parte del año.

La característica más llamativa era, sin duda, su espeso pelaje. En realidad estaba formado por dos capas diferentes: una externa, compuesta por largos pelos de hasta un metro de longitud, que protegía al animal del viento y la nieve; y otra interna, mucho más corta y densa, que actuaba como un excelente aislante térmico.

Bajo la piel acumulaba además una gruesa capa de grasa que podía alcanzar varios centímetros de espesor, funcionando de manera similar a la de las focas o las ballenas actuales. Incluso sus pequeñas orejas y su corta cola constituían una adaptación para reducir la pérdida de calor, justo lo contrario de lo que ocurre en los elefantes africanos, cuyas enormes orejas actúan como auténticos radiadores para disipar el exceso de temperatura.

Los estudios genéticos realizados durante los últimos años han permitido descubrir que muchas de estas adaptaciones estaban codificadas en genes relacionados con el crecimiento del pelo, el metabolismo de las grasas, la percepción del frío y la regulación de la temperatura corporal. Precisamente estos genes desempeñan hoy un papel fundamental en el proyecto que pretende recuperar algunas de sus características.

Los colmillos, que podían superar los cuatro metros de longitud siguiendo una espectacular curvatura en espiral, tampoco eran un simple adorno. Los machos los utilizaban durante los enfrentamientos por las hembras, pero además servían para retirar la nieve durante el invierno y acceder a la vegetación enterrada.

Su alimentación era completamente herbívora. Pastos, juncos, hierbas, pequeños arbustos y otras plantas propias de las estepas constituían la base de una dieta que exigía consumir cientos de kilogramos de alimento cada día. Al igual que ocurre con los elefantes actuales, los mamuts desempeñaban un papel ecológico esencial: al desplazarse constantemente arrancaban arbustos, dispersaban semillas y mantenían abiertos grandes espacios cubiertos por vegetación herbácea.

No eran simples habitantes de aquellos ecosistemas; contribuían activamente a modelarlos.

El largo camino hacia la extinción

Durante miles de años, los mamuts dominaron las regiones más frías del hemisferio norte. Sin embargo, el final de la última glaciación cambió profundamente el paisaje.

Hace unos 12.000 años las temperaturas comenzaron a aumentar de forma relativamente rápida. Los extensos pastizales fueron sustituidos poco a poco por bosques de coníferas, abedules y otras especies arbóreas. El alimento disponible para los mamuts disminuyó de manera progresiva y sus poblaciones comenzaron a fragmentarse.

A este cambio ambiental se sumó otro factor decisivo: la expansión del ser humano moderno. Diversos yacimientos arqueológicos muestran que nuestros antepasados cazaban mamuts para aprovechar su carne, su grasa, sus pieles e incluso sus enormes huesos, utilizados en ocasiones para construir refugios.

Hoy la mayoría de los investigadores considera que la desaparición del mamut lanudo no fue consecuencia de una única causa, sino del efecto combinado del cambio climático y la presión ejercida por las poblaciones humanas.

Las últimas poblaciones sobrevivieron aisladas durante miles de años en algunas islas del Ártico. La más famosa fue la de la isla de Wrangel, al norte de Siberia, donde pequeños grupos de mamuts continuaron viviendo hasta hace aproximadamente 4.000 años. Resulta sorprendente pensar que aquellos últimos mamuts todavía caminaban sobre la Tierra cuando en Egipto ya se habían construido las grandes pirámides.

Paradójicamente, su desaparición marcó también el inicio de una historia completamente inesperada. El intenso frío del permafrost conservó numerosos cadáveres congelados con una calidad extraordinaria. Algunos mantenían intactos la piel, el pelo, los músculos e incluso restos de sangre y contenido estomacal. Estos ejemplares, descubiertos sobre todo en Siberia durante las últimas décadas, han proporcionado a los científicos una auténtica biblioteca genética del pasado.

Y precisamente ese ADN, preservado durante miles de años bajo el hielo, es el que ha llevado a algunos investigadores a plantearse una pregunta que hasta hace poco parecía imposible: ¿y si el mamut todavía pudiera volver?

Representación de humanos cazando un mamut. Fuente.



Un sueño que comenzó con un genoma

Durante buena parte del siglo XX, la posibilidad de recuperar una especie extinguida era poco más que una fantasía. Aunque el hallazgo de mamuts congelados despertaba una enorme expectación, los investigadores sabían que el ADN se degrada con el paso del tiempo. A diferencia de lo que mostraba la película Parque Jurásico, no bastaba con encontrar unas cuantas células bien conservadas para clonar un animal desaparecido.

El verdadero punto de inflexión llegó con el desarrollo de las técnicas de secuenciación masiva de ADN. Gracias a ellas, distintos equipos científicos consiguieron reconstruir gran parte del genoma del mamut lanudo comparándolo con el de su pariente vivo más cercano: el elefante asiático (Elephas maximus). El parecido entre ambos resultó extraordinario. Comparten alrededor del 99,6 % de su ADN, una similitud que abrió una puerta inesperada.

Sin embargo, pronto quedó claro que no sería posible clonar un mamut. Para ello haría falta una célula viva con un núcleo intacto, algo imposible después de miles de años congelado. El ADN recuperado aparece fragmentado en millones de pequeños trozos, insuficientes para obtener un embrión mediante las técnicas clásicas de clonación.

La única alternativa consistía en recorrer un camino completamente diferente.

El proyecto para crear un "mamut funcional"

En 2021 la empresa estadounidense Colossal Biosciences, fundada por el empresario Ben Lamm y el genetista George Church, anunció un ambicioso proyecto cuyo objetivo era recuperar las principales características biológicas del mamut lanudo.

Conviene aclarar un aspecto importante. El propósito no es reconstruir exactamente el animal que desapareció hace miles de años, sino desarrollar un elefante asiático modificado genéticamente que posea las adaptaciones necesarias para vivir en los ecosistemas árticos. Muchos investigadores prefieren denominarlo mamut funcional o elefante adaptado al frío, ya que genéticamente seguiría siendo, en gran medida, un elefante.

El primer paso consiste en estudiar el genoma de numerosos mamuts conservados en el permafrost siberiano. Gracias a ello, los científicos pueden identificar qué genes están relacionados con características tan importantes como el crecimiento del abundante pelaje, el metabolismo de las grasas, la forma de las orejas, la producción de hemoglobina adaptada al frío o la regulación de la temperatura corporal.

Una vez localizados esos genes, entra en escena una de las herramientas más revolucionarias de la biología moderna: CRISPR-Cas9.

Esta técnica funciona como unas auténticas "tijeras moleculares" capaces de modificar el ADN con una precisión impensable hace apenas veinte años. En lugar de introducir el ADN completo del mamut, los investigadores editan genes del elefante asiático para que adopten versiones muy similares a las presentes en el mamut lanudo.

El proceso comienza cultivando células del elefante en el laboratorio. Sobre ellas se realizan decenas de modificaciones genéticas cuidadosamente planificadas. Posteriormente se comprueba que las células editadas siguen funcionando correctamente antes de utilizarlas para generar un embrión.

En los últimos años ya se han obtenido células que presentan algunas características propias del mamut, como un crecimiento alterado del pelo o cambios relacionados con la resistencia al frío. Estos avances representan pasos importantes, aunque todavía muy alejados de la obtención de un animal completo.

Técnica de CRISPR Cas9 para la edición de genes. Fuente.



El gran desafío: hacer nacer un mamut

Editar el ADN constituye solo una parte del problema. Después hay que conseguir que ese embrión complete su desarrollo.

Inicialmente se planteó utilizar hembras de elefante asiático como madres sustitutas. Sin embargo, esta posibilidad plantea importantes dificultades. La gestación de un elefante dura cerca de veintidós meses, una de las más largas del reino animal, y supone un enorme esfuerzo fisiológico para la madre. Someter a animales amenazados a repetidos intentos experimentales genera importantes preocupaciones desde el punto de vista del bienestar animal.

Por este motivo, varios equipos trabajan paralelamente en el desarrollo de úteros artificiales, una tecnología todavía muy experimental pero que podría evitar el uso de hembras vivas en el futuro. Aunque ya se han logrado avances con embriones de otras especies, aún estamos lejos de poder mantener durante casi dos años el desarrollo completo de un proboscídeo en condiciones artificiales.

Incluso si todo funcionara correctamente, el nacimiento de un primer ejemplar no significaría el final del proyecto. Un solo individuo no constituye una población viable. Sería necesario producir numerosos animales, garantizar una diversidad genética suficiente y estudiar cuidadosamente su comportamiento antes de plantear cualquier liberación en la naturaleza.

¿Dónde vivirían los nuevos mamuts?

Una de las preguntas más repetidas es qué ocurriría si el proyecto llegara a completarse con éxito. ¿Dónde podrían vivir estos animales?

La propuesta más conocida apunta hacia las grandes regiones árticas de Siberia y América del Norte, donde todavía sobreviven extensas áreas de tundra y antiguos pastizales. Allí existe desde hace años una singular iniciativa conocida como Parque del Pleistoceno, una reserva experimental situada en el noreste de Siberia donde varios investigadores estudian cómo los grandes herbívoros modifican el paisaje.

La hipótesis es sorprendente. Al caminar sobre la nieve, los grandes mamíferos la compactan, permitiendo que el intenso frío invernal penetre con mayor facilidad en el suelo. Además, al alimentarse de arbustos favorecen el crecimiento de las gramíneas, que reflejan mejor la radiación solar que los bosques y ayudan a conservar el permafrost.

Este detalle resulta especialmente importante porque el permafrost almacena enormes cantidades de carbono y metano congelados desde hace miles de años. Si el calentamiento global acelera su descongelación, estos gases podrían liberarse a la atmósfera intensificando todavía más el cambio climático.

Los defensores del proyecto consideran que grandes herbívoros como el mamut podrían contribuir, junto con otras especies, a restaurar parcialmente aquellos antiguos ecosistemas y ralentizar ese proceso. No se trata de una solución mágica al cambio climático, pero sí de una posible herramienta complementaria cuya eficacia todavía debe demostrarse científicamente.

En cualquier caso, incluso los investigadores más optimistas reconocen que aún quedan numerosos obstáculos técnicos por superar. La edición genética continúa perfeccionándose, el desarrollo embrionario sigue siendo un enorme reto y todavía no existe un calendario fiable para el nacimiento del primer "mamut funcional".

Pero las dificultades científicas no son el único motivo de debate. Aunque la tecnología llegara a hacerlo posible, seguiría existiendo una pregunta mucho más compleja: ¿deberíamos hacerlo?

¿Qué podríamos ganar recuperando al mamut?

La posibilidad de contemplar de nuevo un mamut caminando por las regiones árticas resulta fascinante, pero la comunidad científica insiste en que el proyecto no debería justificarse únicamente por el impacto mediático. Sus defensores argumentan que la desextinción podría aportar beneficios que van mucho más allá de recuperar una especie emblemática.

Entre las principales ventajas potenciales destacan las siguientes:

  • Contribuir a la restauración de los ecosistemas árticos. Los grandes herbívoros modifican profundamente el paisaje. Al alimentarse de arbustos, derribar pequeños árboles y favorecer el crecimiento de las gramíneas, podrían ayudar a recuperar parte de la antigua "estepa del mamut", un ecosistema que dominó el norte del planeta durante buena parte del Pleistoceno.

  • Favorecer la conservación del permafrost. Diversos modelos sugieren que el tránsito continuo de grandes mamíferos compactaría la nieve durante el invierno, permitiendo que el frío penetrara con mayor facilidad en el suelo. Esto contribuiría a mantener congelado el permafrost, reduciendo la liberación de dióxido de carbono y metano almacenados desde hace miles de años. Aunque esta hipótesis resulta prometedora, todavía necesita ser confirmada mediante estudios a gran escala.

  • Impulsar nuevas tecnologías para conservar especies amenazadas. Muchos investigadores consideran que el verdadero legado del proyecto no será el mamut, sino las herramientas desarrolladas durante el proceso. Las técnicas de edición genética, reproducción asistida y cultivo celular podrían aplicarse para salvar especies actuales en peligro de extinción, especialmente al elefante asiático, cuya supervivencia se encuentra seriamente comprometida.

  • Profundizar en el conocimiento de la evolución. Comparar el funcionamiento de genes de mamut y elefante permitirá comprender mejor cómo evolucionan las especies para adaptarse a ambientes extremos, una información de enorme valor para la biología evolutiva.

  • Incrementar el interés social por la conservación de la naturaleza. El proyecto ha conseguido atraer la atención del público hacia la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Algunos científicos creen que este impacto mediático puede traducirse en un mayor apoyo a la investigación y a la protección de los ecosistemas.

Sin embargo, estos posibles beneficios no convencen a todo el mundo.


Lyuba, una cría de mamut perfectamente conservada en el permafrost durante casi 40.000 años. Fuente


La desextinción también despierta numerosas críticas, algunas de ellas planteadas por científicos que trabajan precisamente en el ámbito de la conservación.

Entre las principales preocupaciones figuran:

  • No sería un auténtico mamut. Incluso si el proyecto culmina con éxito, el resultado seguiría siendo un elefante asiático profundamente modificado mediante ingeniería genética. Nunca podría reproducirse exactamente el genoma de un mamut extinguido hace miles de años.

  • El ecosistema ya no es el mismo. Las condiciones ambientales actuales difieren considerablemente de las existentes durante la última glaciación. El clima ha cambiado, muchas especies han desaparecido y otras ocupan ahora esos territorios. Nadie puede asegurar cómo interactuaría un nuevo gran herbívoro con los ecosistemas modernos.

  • Podría desviar recursos destinados a proteger especies vivas. Algunos especialistas consideran que los cientos de millones de dólares invertidos en proyectos de desextinción tendrían un impacto mucho mayor si se dedicaran directamente a conservar especies amenazadas que todavía pueden salvarse.

  • Persisten importantes incógnitas sobre el bienestar animal. Los primeros ejemplares podrían presentar problemas de desarrollo, enfermedades o dificultades para adaptarse al medio. Además, el uso de elefantas como madres gestantes plantea serias cuestiones éticas, motivo por el que se investigan alternativas como los úteros artificiales.

  • No existe garantía de éxito ecológico. Incluso aunque los animales sobrevivieran, todavía desconocemos si serían capaces de reproducirse con normalidad, formar poblaciones estables y desempeñar el papel ecológico que tuvieron sus antepasados.

En definitiva, la desextinción plantea más preguntas que respuestas.

Un debate que va mucho más allá de la genética

Quizá el aspecto más interesante de toda esta historia no sea tecnológico, sino filosófico.

Por primera vez, la humanidad posee herramientas que podrían permitirle alterar el curso natural de la evolución de una forma sin precedentes. Esto ha abierto un intenso debate bioético en el que confluyen biólogos, genetistas, conservacionistas, filósofos, juristas e incluso representantes de pueblos indígenas que habitan las regiones donde, hipotéticamente, podrían reintroducirse estos animales.

Algunos investigadores sostienen que, si nuestra especie contribuyó a la desaparición del mamut mediante la caza y la transformación de su hábitat, quizá tengamos la responsabilidad moral de intentar reparar ese daño utilizando los conocimientos científicos actuales.

Otros responden que la mejor forma de compensar los errores del pasado no consiste en recuperar especies extinguidas, sino en impedir que desaparezcan las que todavía sobreviven. Señalan que el planeta atraviesa una grave crisis de biodiversidad y que miles de especies necesitan medidas urgentes de conservación aquí y ahora.

También existe una cuestión de identidad biológica. Si un elefante asiático incorpora decenas de genes de mamut, desarrolla un espeso pelaje y resiste temperaturas polares, ¿qué es exactamente? ¿Un mamut? ¿Un elefante? ¿O una especie completamente nueva creada por el ser humano?

La respuesta dista mucho de ser sencilla.

Sello postal de los Estados Unidos con la imagen del mamut lanudo. Fuente.



Un futuro todavía incierto

Desde que comenzaron los primeros estudios genéticos del mamut a finales del siglo XX, el progreso científico ha sido extraordinario. La secuenciación de su genoma, el desarrollo de la edición genética mediante CRISPR y los avances en biología celular han acercado una idea que hace apenas veinte años parecía imposible.

Aun así, conviene mantener una cierta cautela. A día de hoy todavía no existe un mamut vivo. Existen células editadas, importantes avances experimentales y un enorme esfuerzo de investigación, pero aún quedan numerosos desafíos técnicos y biológicos por resolver antes de que pueda nacer el primer ejemplar.

Si finalmente ese momento llega, probablemente no asistiremos al regreso exacto del animal que recorrió las estepas heladas durante la Edad del Hielo. Más bien presenciaremos el nacimiento de una nueva criatura, inspirada en el mamut, diseñada con ayuda de la ingeniería genética y concebida para desempeñar un papel ecológico semejante al de su ancestro.

Quizá esa sea la enseñanza más importante de toda esta historia.

Durante siglos, la extinción fue considerada un proceso irreversible. Una frontera que ninguna tecnología podía cruzar. Hoy sabemos que esa frontera comienza a difuminarse. Sin embargo, cuanto mayor es nuestro poder para modificar la naturaleza, mayor es también la responsabilidad con la que debemos ejercerlo.

Tal vez dentro de unas décadas volvamos a contemplar grandes siluetas cubiertas de pelo avanzando lentamente sobre la nieve de Siberia. O quizá descubramos que el verdadero valor de este proyecto no consistía en recuperar al mamut, sino en desarrollar nuevas herramientas para evitar que otras especies corran la misma suerte.

Sea cual sea el desenlace, una cosa parece indiscutible: el mamut lanudo, miles de años después de su desaparición, sigue obligándonos a reflexionar sobre una de las preguntas más profundas que puede plantearse la ciencia: no solo si podemos cambiar la naturaleza, sino si debemos hacerlo.


Más información sobre el mamut lanudo:

Vídeo de Forrest Galante acerca del proyecto de resurrección del mamut lanudo (audio en inglés).

Video titulado "La isla de los últimos mamuts" (audio en inglés).

Woolly Mammoth De-extinction Project & Process | Colossal

https://reviverestore.org/projects/woolly-mammoth/why-bring-it-back/ 

https://reviverestore.org/projects/woolly-mammoth/history-of-this-project/

https://www.reforestnation.ie/blog/woolly-mammoth-de-extinction-biotechnology-climate-restoration

https://www.smithsonianmag.com/smart-news/what-killed-the-last-woolly-mammoths-scientists-say-it-wasnt-inbreeding-180984632/

https://www.smithsonianmag.com/science-nature/can-bringing-back-mammoths-stop-climate-change-180969072/

https://www.inc.com/divya-bhardwaj/how-the-woolly-mammoth-could-prevent-trillions-in-economic-loss/91108925

https://education.nationalgeographic.org/resource/we-could-resurrect-woolly-mammoth-heres-how/3rd-grade/

https://liberalarts.utexas.edu/ethicsproject/teaching-resources/a-hairy-problem-the-ethics-of-woolly-mammoth-de-extinction.html

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/hallan-siberia-restos-mamut-bebe-excelente-estado_23965 

https://en.wikipedia.org/wiki/Revival_of_the_woolly_mammoth