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"No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que contar y contarlo" (Oscar Wilde). "Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe" (Severo Ochoa).

sábado, 15 de agosto de 2026

Los tardígrados: diminutos expertos en supervivencia

Hay animales capaces de vivir en lugares donde casi ningún otro organismo podría hacerlo. Algunos soportan temperaturas extremas, otros sobreviven a largos periodos de sequía y unos pocos han desarrollado mecanismos para resistir concentraciones de radiación que resultarían letales para prácticamente cualquier ser vivo. Pero existe un grupo que parece haber llevado esta capacidad hasta un límite difícil de imaginar.

Son los tardígrados.

Conocidos popularmente como osos de agua, estos diminutos invertebrados, que normalmente miden menos de un milímetro, poseen una combinación de características anatómicas, fisiológicas y moleculares que les permite sobrevivir a la desecación extrema, al frío intenso, a determinadas temperaturas elevadas, a elevadas dosis de radiación e incluso al vacío del espacio. El phylum Tardigrada comprende actualmente más de un millar de especies descritas, distribuidas por ambientes marinos, dulceacuícolas y terrestres. 

Pero hay algo todavía más sorprendente: los tardígrados no son especialmente resistentes cuando están activos. Su verdadero secreto consiste en poder reducir drásticamente su actividad metabólica cuando las condiciones ambientales dejan de ser compatibles con la vida. Mediante distintos estados de criptobiosis, y especialmente mediante la anhidrobiosis provocada por la pérdida casi completa de agua, consiguen atravesar periodos que resultarían letales para la inmensa mayoría de los animales. 

Y es precisamente ahí donde comienza su extraordinaria historia evolutiva.

El primer tardígrado conocido fue descrito en 1773 por el naturalista alemán Johann August Ephraim Goeze, que quedó sorprendido ante aquel diminuto animal de aspecto rechoncho y patas cortas que había encontrado entre el musgo. Lo denominó kleiner Wasserbär, literalmente «pequeño oso de agua», un nombre que acabaría convirtiéndose en una de las denominaciones populares más conocidas de estos animales.

Pocos años después, en 1777, el italiano Lazzaro Spallanzani estudió aquellos extraños animales y utilizó el término Tardigrada, procedente del latín tardus —lento— y gradus —paso—, en referencia a su peculiar forma de desplazarse. El nombre se mantiene hoy en día como denominación científica del filo. 

Actualmente sabemos que los tardígrados constituyen un filo independiente, Tardigrada, incluido dentro de Ecdysozoa, el gran linaje de animales caracterizado, entre otras cosas, por crecer mediante mudas de una cubierta externa. Dentro de este gran grupo, los tardígrados forman parte de Panarthropoda junto con los artrópodos y los onicóforos. Su posición exacta dentro de Panarthropoda ha sido objeto de debate. Los análisis morfológicos y moleculares han propuesto diferentes hipótesis sobre las relaciones entre tardígrados, artrópodos y onicóforos, aunque los tres linajes son considerados integrantes de Panarthropoda. La peculiar evolución morfológica de los tardígrados y su reducido tamaño hacen especialmente difícil establecer algunas homologías con otros grupos animales. 

Microfotografía de un tardígrado tomada con microscopio electrónico de barrido. Fuente.


El cuerpo de un tardígrado parece sencillo a primera vista. Tiene forma alargada, una cabeza diferenciada y cuatro pares de patas, pero presenta una organización anatómica extraordinariamente especializada. Las patas son lobopodios y normalmente terminan en uñas o estructuras digitiformes, mientras que el cuerpo está protegido por una cutícula que debe ser mudada durante el crecimiento. 

Su aparato bucal resulta especialmente llamativo. Muchos tardígrados poseen un tubo bucal equipado con estiletes, estructuras rígidas semejantes a diminutas agujas que utilizan para perforar células. Un aparato faríngeo muscular permite posteriormente succionar el contenido de las células perforadas. Dependiendo de la especie, pueden alimentarse de algas, bacterias, hongos o células vegetales, mientras que determinadas especies son depredadoras y consumen otros microorganismos y pequeños invertebrados. 

Pero la característica que verdaderamente diferencia a los tardígrados de casi todos los demás animales no está en sus patas ni en su aparato digestivo.

Está en sus células.

Cuando un tardígrado dispone de agua, se comporta como cualquier otro pequeño animal: se alimenta, crece, se mueve y se reproduce. Sin embargo, cuando el ambiente comienza a secarse, determinadas especies pueden perder prácticamente toda el agua de su organismo y transformarse en una estructura compacta conocida como tun. El tun constituye una de las manifestaciones más espectaculares de la criptobiosis, un estado en el que la actividad metabólica queda reducida a niveles extremadamente bajos. El cuerpo se contrae, las patas quedan retraídas y el animal adquiere una forma compacta que reduce las alteraciones físicas y químicas provocadas por la ausencia de agua. 

Esto resulta crucial porque muchos de los daños provocados por la deshidratación dependen precisamente de que las reacciones químicas continúen produciéndose. Cuando el agua desaparece, las proteínas pueden perder su estructura, las membranas celulares pueden deteriorarse y las moléculas esenciales pueden sufrir daños. Los tardígrados han desarrollado mecanismos que permiten proteger estas estructuras durante la deshidratación y recuperar posteriormente su actividad cuando vuelve el agua. 

Entre estos mecanismos destacan diversas proteínas intrínsecamente desordenadas específicas de los tardígrados, entre ellas las denominadas proteínas CAHS (proteínas citoplasmáticas abundantes solubles en calor). Estas moléculas pueden estabilizar estructuras celulares durante la desecación y contribuir a que determinados componentes biológicos adopten un estado protector parecido a un material vítreo. Los experimentos demostraron que estas proteínas son necesarias para la tolerancia a la desecación y que, cuando se expresan en otros organismos, pueden incrementar su resistencia al secado. 

Durante mucho tiempo se pensó que un azúcar denominado trehalosa desempeñaba un papel fundamental en la resistencia de los tardígrados a la desecación. Sin embargo, los estudios demostraron que algunas especies presentan niveles bajos o incluso indetectables de este azúcar, lo que indica que la resistencia a la desecación de los tardígrados no puede explicarse simplemente mediante el mecanismo utilizado por otros organismos anhidrobióticos. 

Investigaciones posteriores han permitido comprender mejor el funcionamiento de estas proteínas. Un estudio publicado en 2023 analizó la proteína CAHS D y comprobó que su función protectora no consiste simplemente en retener grandes cantidades de agua durante la desecación. La proteína interactúa con la pequeña cantidad de agua que permanece en el sistema, proporcionando una posible explicación adicional de cómo contribuye a la tolerancia a la desecación. 

Cuando las condiciones ambientales vuelven a ser favorables, el tardígrado puede rehidratarse y recuperar progresivamente su actividad. En cierto sentido, se trata de una estrategia que recuerda a pulsar el botón de pausa de un animal: mientras el ambiente permanece inhabitable, el metabolismo queda prácticamente detenido; cuando vuelve el agua, la actividad biológica se reanuda. 

El nombre «oso de agua» puede inducir a error, porque los tardígrados no son exclusivamente acuáticos. Existen especies marinas, dulceacuícolas y terrestres, y muchas de estas últimas viven asociadas a musgos, líquenes, hojarasca y películas microscópicas de agua presentes en el suelo. 

Esta forma de vida explica en buena medida su extraordinaria resistencia. Para un tardígrado terrestre, la desecación no constituye necesariamente un acontecimiento excepcional, sino una circunstancia que puede repetirse a lo largo de su vida. Cuando el sustrato se humedece, el animal puede recuperar su actividad; cuando vuelve a secarse, entra nuevamente en un estado criptobiótico. 

Los tardígrados presentan una distribución prácticamente cosmopolita. Se encuentran desde ambientes marinos y costeros hasta aguas continentales, bosques, suelos, desiertos y regiones polares. Su pequeño tamaño y su asociación con partículas de suelo, musgos y otros sustratos facilitan además su dispersión a diferentes lugares del planeta. 

Microfotografía de un tardígrado a microscopio óptico. Copyright: Philippe Garcelon. Fuente.

En cuanto a su reproducción, el filo presenta una diversidad considerable. Existen especies con sexos separados, hermafroditas y especies capaces de reproducirse mediante partenogénesis. Los huevos pueden presentar estructuras ornamentales muy características y, dependiendo del grupo, pueden depositarse en el ambiente o quedar asociados a la muda de la hembra. 

La fama mundial de los tardígrados procede, sin embargo, de los experimentos realizados durante las últimas décadas. Uno de los primeros descubrimientos importantes fue comprobar que determinados ejemplares deshidratados podían sobrevivir durante periodos prolongados y recuperar posteriormente su actividad al ser rehidratados. Esta capacidad convirtió a los tardígrados en uno de los principales modelos animales para estudiar los mecanismos de supervivencia frente a la desecación. 

En investigaciones posteriores se comprobó que determinados tardígrados en criptobiosis podían soportar temperaturas extremadamente bajas y elevadas dosis de radiación ionizante. Es importante señalar, no obstante, que la resistencia depende de la especie, del estado fisiológico del animal, de la duración de la exposición y de otros factores experimentales. 

Uno de los experimentos más famosos llegó en 2007, cuando diferentes especies de tardígrados fueron enviadas al espacio durante la misión FOTON-M3 de la Agencia Espacial Europea. El experimento TARDIS (Tardigrades in Space) permitió comprobar que algunos tardígrados deshidratados podían sobrevivir a la exposición al vacío espacial. Algunos ejemplares incluso consiguieron recuperarse después de una exposición combinada al vacío y a la radiación solar, convirtiéndose en los primeros animales conocidos capaces de superar semejante combinación de condiciones. 

Sin embargo, existe una importante matización. La resistencia al vacío espacial no significa que los tardígrados sean inmunes a toda la radiación del espacio. La radiación ultravioleta solar sin filtrar resultó mucho más dañina y redujo considerablemente la supervivencia. Lo extraordinario del experimento fue demostrar que determinados tardígrados en estado criptobiótico podían sobrevivir al vacío espacial y, en algunos casos, a una exposición simultánea a determinadas formas de radiación. 

En 2016 tuvo lugar otro descubrimiento revolucionario. Un estudio publicado en Nature Communications identificó en Ramazzottius varieornatus una proteína denominada Dsup, abreviatura de damage suppressor protein (proteína supresora de daño). Los investigadores demostraron que esta proteína podía asociarse al ADN y reducir determinados daños provocados por radiación. Cuando el gen correspondiente fue introducido experimentalmente en células humanas cultivadas, estas mostraron una mayor resistencia frente a determinados daños asociados a la radiación.

El tardígrado Ramazzottius varieornatus en sus dos formas, criptobiótica y activa. Es uno de los tardígrados más resistentes a condiciones extremas. Fuente.

Este descubrimiento cambió la percepción de la resistencia de los tardígrados. Ya no se trataba únicamente de un fenómeno relacionado con la deshidratación, sino también de un conjunto de adaptaciones moleculares capaces de proteger directamente moléculas fundamentales como el ADN. Dsup se convirtió así en uno de los ejemplos más conocidos de cómo la evolución de los tardígrados ha generado proteínas que no tienen equivalentes evidentes en otros animales. 

Las investigaciones más recientes han demostrado, además, que Dsup está lejos de explicar por sí sola toda la resistencia de estos animales. Un estudio publicado en Science en 2024 sobre Hypsibius henanensis identificó varios mecanismos relacionados con la tolerancia a la radiación, incluyendo la producción de pigmentos antioxidantes mediante DODA1, la reparación del ADN asociada a la proteína TRID1 y mecanismos metabólicos que favorecen la regeneración de NAD+ y la reparación del ADN. 

Este aspecto resulta particularmente interesante porque demuestra que no existe un único «gen de la inmortalidad» que convierta a los tardígrados en animales indestructibles. Su resistencia es el resultado de una auténtica batería de adaptaciones moleculares que actúan conjuntamente: proteínas protectoras, mecanismos antioxidantes, sistemas de reparación del ADN y estrategias metabólicas que permiten sobrevivir cuando las condiciones ambientales se vuelven extremadamente desfavorables. 

La resistencia de los tardígrados también ha despertado un enorme interés biotecnológico. Las proteínas implicadas en la tolerancia a la desecación están siendo investigadas por su potencial para estabilizar moléculas biológicas y favorecer la conservación de determinados materiales biológicos sin necesidad de mantenerlos constantemente refrigerados. Esto podría tener aplicaciones futuras en campos como la conservación de medicamentos, vacunas, enzimas y otros productos sensibles a la deshidratación. 

También se investiga el posible aprovechamiento de proteínas como Dsup para proteger células frente a determinados daños producidos por radiación. Sin embargo, todavía estamos lejos de convertir estos descubrimientos en una tecnología capaz de proporcionar a los seres humanos una resistencia comparable a la de los tardígrados. Los resultados obtenidos en células cultivadas no deben confundirse con una aplicación médica demostrada en personas. 

A pesar de su fama, los tardígrados no son inmortales. Tampoco pueden vivir indefinidamente en cualquier ambiente ni permanecer activos a temperaturas extremas o en el vacío espacial. La mayoría de sus capacidades más espectaculares están relacionadas con estados criptobióticos y con determinadas especies y condiciones experimentales. Cuando están activos, siguen siendo animales microscópicos con unas necesidades fisiológicas relativamente normales. 

Imagen a microscopio óptico de una hembra de tardígrado portando huevos en su interior. Fuente.


Tampoco constituyen una amenaza conocida para nuestra especie. No se consideran agentes causantes de enfermedades humanas ni plagas agrícolas importantes. Su relación con los seres humanos es fundamentalmente indirecta y científica: son organismos modelo para investigar los límites de la supervivencia animal y, potencialmente, para desarrollar nuevas tecnologías de conservación de materiales biológicos.

Quizá la característica más fascinante de los tardígrados no sea que soporten el frío, el calor, la radiación o el vacío.

Es que han encontrado una forma de esperar.

Cuando el ambiente se vuelve inhabitable, no necesitan luchar contra él. No necesitan alimentarse, crecer ni reproducirse. Reducen drásticamente su metabolismo, protegen sus moléculas esenciales, estabilizan sus estructuras celulares y esperan. 

La investigación moderna está demostrando que detrás de esa estrategia aparentemente sencilla existe una sofisticada red de proteínas, mecanismos de reparación del ADN, sistemas antioxidantes y modificaciones metabólicas. Los tardígrados no son pequeños animales indestructibles. Son, más bien, animales que han desarrollado una extraordinaria capacidad para posponer la vida hasta que las condiciones vuelvan a ser favorables. 

Y quizá por eso resulten tan fascinantes para la ciencia. Gracias a ellos podemos descubrir hasta dónde puede llegar la vida cuando la evolución dispone de cientos de millones de años para encontrar soluciones a uno de los problemas más antiguos de nuestro planeta: la desaparición temporal del agua y la aparición de condiciones ambientales incompatibles con la actividad biológica normal.

Los tardígrados parecen haber encontrado una solución extraordinariamente elegante. Cuando el mundo se vuelve inhabitable, detienen la vida, protegen lo esencial y esperan.

Y cuando el agua regresa, vuelven a caminar.


Más información sobre los tardígrados:

Vídeo sobre la capacidad de supervivencia de los tardígrados (audio en castellano)

En este vídeo se puede ver cómo eclosionan los huevos dentro de la exuvia (audio en inglés)

Video sobre como encontrar tardígrados (audio en español)

Web de tardígrados en español

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/misterio-tardigrados-luna-sonda-beresheet_21764

https://www.marinespecies.org/tardigrada/

https://www.amnh.org/explore/news-blogs/tartigrades

https://www.nationalgeographic.com/animals/invertebrates/facts/tardigrades-water-bears

https://es.wired.com/articulos/una-proteina-de-los-tardigrados-podria-ser-la-clave-para-que-los-pacientes-de-cancer-toleren-las-radioterapias

https://www.psu.edu/news/research/story/water-bears-reveal-potential-adapting-protecting-martian-resources

https://www.science.org/doi/10.1126/science.adl0799

https://es.wikipedia.org/wiki/Tardigrada


sábado, 8 de agosto de 2026

El elefante marino, una foca de tamaño colosal

Hay animales que parecen diseñados para desafiar nuestra imaginación. El elefante marino es uno de ellos. Cuando un enorme macho de Mirounga leonina emerge del agua y se arrastra pesadamente por una playa antártica, resulta difícil pensar que aquel cuerpo de varios miles de kilos pueda desplazarse con soltura por las profundidades del océano. Y, sin embargo, bajo esa apariencia torpe se esconde uno de los mamíferos marinos mejor adaptados a la vida en alta mar.

Porque el elefante marino no es solamente una foca gigantesca. Es la foca de mayor tamaño del mundo y uno de los mamíferos capaces de realizar las inmersiones más extraordinarias conocidas. Puede permanecer durante largos periodos sin respirar y descender a profundidades que superarían con creces los límites de cualquier submarinista humano. Pero, además, su historia está marcada por la explotación, una recuperación que llegó a parecer milagrosa y, en los últimos años, una nueva amenaza que ha obligado a revisar su situación de conservación.

Aunque hablamos habitualmente de «el elefante marino», en realidad existen dos especies: el elefante marino del norte, Mirounga angustirostris, y el elefante marino del sur, Mirounga leonina. Son especies hermanas, pero viven separadas por miles de kilómetros y sus historias evolutivas han sido diferentes.

La historia científica del género comienza en el siglo XVIII. Carlos Linneo describió en 1758 el elefante marino del sur, al que denominó Phoca leonina. Posteriormente, en 1827, el zoólogo británico John Edward Gray creó el género Mirounga, nombre relacionado con una denominación indígena australiana utilizada para referirse a estos animales. 

El elefante marino del norte tuvo una historia taxonómica algo posterior. Thomas Gill lo describió en 1866, inicialmente bajo el nombre Macrorhinus angustirostris, aunque posteriormente quedó incluido en el género Mirounga

Pero quizá el episodio más llamativo de su historia no tenga que ver con su descubrimiento científico, sino con el hecho de que durante un tiempo se llegó a pensar que el elefante marino del norte había desaparecido para siempre. Durante los siglos XVIII y XIX fue perseguido intensamente para obtener aceite de su enorme capa de grasa. La caza fue tan intensa que la población quedó reducida a unas pocas decenas de ejemplares y la especie llegó a considerarse extinguida. En 1892 se localizaron algunos animales supervivientes en la isla Guadalupe, frente a la costa mexicana. La población se encontraba en una situación tan crítica que aquellos pocos supervivientes eran prácticamente los últimos representantes de su especie. 

Antigua foto de un elefante marino del norte en isla Guadalupe. Fuente.

La protección legal permitió entonces una de las recuperaciones más espectaculares conocidas entre los mamíferos marinos. Actualmente, el elefante marino del norte cuenta con una población de cientos de miles de ejemplares y vuelve a reproducirse a lo largo de las costas occidentales de Norteamérica. Sin embargo, la recuperación demográfica tuvo un precio genético. Un estudio genómico publicado en 2024 en Nature Ecology & Evolution mostró que la población actual conserva una diversidad genética extraordinariamente baja como consecuencia del cuello de botella sufrido durante la persecución. 

Ese mismo trabajo resulta especialmente interesante porque comparó genomas completos de ejemplares de las dos especies. Los investigadores analizaron 20 elefantes marinos del norte y 20 del sur y confirmaron que ambas especies son linajes evolutivos claramente diferenciados, aunque relativamente recientes desde el punto de vista genético. Las estimaciones sitúan su separación entre hace aproximadamente 0,6 y 4 millones de años. La comparación también puso de manifiesto una diferencia genética extraordinaria: la diversidad nucleotídica del elefante marino del norte era casi un orden de magnitud inferior a la del elefante marino del sur. 

A simple vista tampoco resulta demasiado complicado distinguirlos, especialmente cuando se observan machos adultos. El elefante marino del sur es el mayor de los dos y puede alcanzar unos 5-6 metros de longitud y alrededor de 4.000-5.000 kg en los ejemplares más grandes. Las hembras son mucho más pequeñas, generalmente de unos 3 metros y varios cientos de kilos. Esta diferencia entre sexos es uno de los ejemplos más extremos de dimorfismo sexual en los mamíferos. 

Los machos poseen además una característica que explica su nombre común: una especie de trompa o probóscide que se desarrolla con la madurez sexual. No es una verdadera trompa, por supuesto, sino una prolongación de los tejidos nasales. En los machos adultos sirve para amplificar los sonidos que producen y desempeña un papel fundamental durante las exhibiciones territoriales. El elefante marino del norte suele presentar una probóscide todavía más desarrollada y un escudo de piel gruesa en el cuello y el pecho, utilizado como protección durante los combates entre machos. 

Comparativa entre las dos especies de elefante marino. Fuente.

En tierra, estos gigantes pueden parecer animales torpes y poco agraciados. En el agua, sin embargo, la impresión cambia radicalmente. Su cuerpo fusiforme, las extremidades transformadas en aletas y una gruesa capa de grasa proporcionan una combinación extraordinariamente eficaz de hidrodinámica, aislamiento térmico y almacenamiento energético.

Esta grasa resulta fundamental para sobrevivir en aguas frías, pero también constituye una reserva de energía. El elefante marino pasa buena parte de su vida en el océano y realiza migraciones de enormes dimensiones. El del sur posee una distribución circumpolar y se reproduce principalmente en islas subantárticas y en algunos enclaves continentales, como la península Valdés, en Argentina. Después de reproducirse y mudar el pelaje, abandona las colonias y puede recorrer miles de kilómetros para alimentarse en el océano Austral. Investigaciones basadas en dispositivos de seguimiento colocados sobre los animales han permitido reconstruir cientos de miles de localizaciones y descubrir que sus desplazamientos siguen patrones mucho más complejos de lo que sugería la simple idea de una migración de ida y vuelta. 

Y es precisamente bajo el agua donde el elefante marino muestra algunas de sus capacidades más sorprendentes. Es un extraordinario buceador. Se han registrado inmersiones de más de 1.500 metros y duraciones próximas a las dos horas, aunque la profundidad y duración varían según el individuo, la población y la actividad desarrollada. 

Pero, ¿Cómo consiguen estos animales alcanzar semejantes profundidades?

La respuesta está en un conjunto de adaptaciones fisiológicas. Los elefantes marinos poseen grandes reservas de oxígeno almacenadas en la sangre y los músculos, gracias a elevadas concentraciones de hemoglobina y mioglobina. Durante la inmersión reducen considerablemente su frecuencia cardiaca y redistribuyen el flujo sanguíneo hacia los órganos más sensibles a la falta de oxígeno, mientras disminuyen el aporte a tejidos menos prioritarios. De esta manera pueden permanecer mucho tiempo sin renovar el aire de sus pulmones.

Además, la profundidad no constituye para ellos el mismo problema que para un humano. Durante el descenso, sus pulmones pueden comprimirse y el animal reduce el intercambio gaseoso pulmonar, disminuyendo así el riesgo de problemas relacionados con un exceso de absorción de nitrógeno al aumentar la presión. Es una auténtica máquina biológica de buceo.

Lucha entre dos machos de elefante marino del norte. Fuente.

Su alimentación también está relacionada con esta capacidad. Los elefantes marinos capturan principalmente peces y cefalópodos, aunque la composición de la dieta varía considerablemente entre poblaciones y regiones. En algunas zonas antárticas, los calamares constituyen una parte fundamental de la alimentación. Un estudio realizado en las islas Shetland del Sur identificó siete especies de calamar y tres de pulpo en la dieta, con Psychroteuthis glacialis como presa predominante. 

La reproducción es otro espectáculo extraordinario. Cada año, los adultos regresan a las colonias donde nacieron o se reprodujeron anteriormente. Los machos llegan primero y compiten por el acceso a las hembras. Las luchas pueden ser violentas: los contendientes se levantan parcialmente sobre el cuerpo, se golpean y se muerden utilizando sus enormes cuerpos y dientes. Los machos dominantes pueden controlar harenes de numerosas hembras y reproducirse con ellas.

Las hembras llegan a tierra ya preñadas y, poco después, paren una única cría. Durante aproximadamente tres semanas permanecen en la colonia sin alimentarse, utilizando las reservas acumuladas durante sus viajes oceánicos. La leche materna es extraordinariamente energética y permite que las crías aumenten rápidamente de peso. Después del destete, la madre abandona la colonia y la cría debe afrontar por sí sola un periodo de ayuno antes de comenzar a alimentarse en el mar. 

El macho también ayuna durante buena parte de la temporada reproductora. Puede permanecer varias semanas en tierra defendiendo su posición y a las hembras sin ingerir alimento. En una población estudiada en la península Valdés, los machos permanecieron entre 57 y 80 días en tierra durante la época reproductora, mientras que las hembras permanecieron alrededor de 28 días. 

Durante décadas, la historia parecía haber terminado bien para ambas especies. La caza comercial desapareció y las poblaciones se recuperaron. Sin embargo, los océanos están cambiando y el elefante marino depende de ellos para encontrar las enormes cantidades de alimento que necesita. Las modificaciones en la temperatura, productividad y distribución de las presas pueden afectar a su éxito reproductor y supervivencia. Algunas poblaciones del elefante marino del sur ya habían experimentado descensos relacionados con cambios en las condiciones oceánicas y en la disponibilidad de alimento. 

Pero en los últimos años ha aparecido una amenaza completamente inesperada: la gripe aviar altamente patógena H5N1.

En 2023 se produjo una mortalidad masiva de elefantes marinos del sur en la Patagonia argentina. En algunas colonias murió más del 90 % de las crías. La enfermedad alcanzó posteriormente otras poblaciones del hemisferio sur y afectó especialmente a animales que se concentran en grandes cantidades durante la época reproductora. La situación fue tan grave que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) modificó en 2026 la categoría de conservación del elefante marino del sur, que pasó de «Preocupación menor» a «Vulnerable». La gripe aviar ha afectado a cuatro de sus cinco grandes subpoblaciones y ha provocado una mortalidad especialmente elevada entre las crías y, en algunos lugares, también entre los adultos. 

Sello postal de Australia con la imagen de una hembra de elefante marino del sur y su cría. Fuente.

La enfermedad plantea además una cuestión inquietante: ¿podría el cambio climático favorecer la aparición y propagación de nuevos patógenos en ecosistemas donde históricamente los animales habían tenido una exposición limitada? La propia UICN ha advertido de que el calentamiento global podría incrementar el riesgo de enfermedades infecciosas para los mamíferos marinos, especialmente en regiones polares y subpolares. 

La situación del elefante marino del norte es bastante diferente. La especie está actualmente considerada de «Preocupación menor» por la UICN y constituye uno de los mejores ejemplos de cómo una población de mamíferos marinos puede recuperarse cuando se elimina la presión directa de la explotación. Pero su historia genética recuerda que una recuperación en número no significa necesariamente que todas las consecuencias de una casi extinción hayan desaparecido. Su reducida diversidad genética es una huella permanente de aquella persecución. 

Para el elefante marino del sur existen además medidas específicas de conservación. Australia mantiene un plan de recuperación para esta especie, cuyo objetivo es mantener los niveles de protección, favorecer la recuperación de las poblaciones y evitar que las actividades humanas limiten su crecimiento. 

Probablemente una de las cosas más fascinantes del elefante marino sea que su propia existencia constituye una ventana abierta hacia un mundo que nosotros apenas podemos explorar. Los científicos han utilizado durante décadas a estos animales como auténticos oceanógrafos vivientes. Los dispositivos instalados sobre sus cuerpos permiten registrar profundidad, temperatura, salinidad y localización mientras realizan sus viajes por zonas del océano inaccesibles para la mayoría de los instrumentos de observación convencionales. De este modo, estudiar a un elefante marino no solo sirve para conocer mejor a la especie: también proporciona información sobre el funcionamiento de los ecosistemas marinos que habita.

Un elefante marino del sur junto a una colonia de pingüinos. Fuente.

El gigante que parece incapaz de moverse con elegancia sobre una playa se convierte así, bajo la superficie del océano, en un viajero incansable capaz de recorrer miles de kilómetros y sumergirse hasta profundidades extraordinarias. Su enorme tamaño, su probóscide, sus combates y sus harenes son quizá las características que más llaman nuestra atención, pero detrás de ellas existe algo mucho más interesante: una compleja maquinaria evolutiva que le ha permitido conquistar uno de los ambientes más extremos del planeta.

Y su historia también nos recuerda algo importante. El elefante marino estuvo a punto de desaparecer por culpa de nuestra propia especie y consiguió recuperarse gracias a la protección. Ahora, cuando parecía que aquella batalla pertenecía al pasado, una enfermedad emergente y los cambios ambientales vuelven a poner a prueba su capacidad de resistencia. Quizá esa sea la mejor lección que nos ofrece este gigantesco habitante de los océanos: la conservación no consiste únicamente en evitar que una especie desaparezca. Consiste también en conseguir que pueda seguir teniendo un futuro cuando las condiciones del mundo cambian.


Más información sobre los elefantes marinos:

Vídeo sobre las luchas de los elefantes marinos en época reproductora (audio en inglés)

Vídeo de Nat Geo Wild titulado "Orca vs elefante marino"

https://elephantseal.org/facts/

https://www.fisheries.noaa.gov/species/northern-elephant-seal

https://oceanwide-expeditions.com/es/destacados/vida-silvestre/elephant-seal?srsltid=AfmBOoqve51wVfn7MypOBDXLhRIrJHDnKvg0IYgWTKG1jBLZ05cipD8u

El elefante marino del norte en IUCN Red List

El elefante marino del sur en IUCN Red List

https://www.wildlifenomads.com/blog/elephant-seals-facts/

https://www.nationalgeographic.com/animals/mammals/facts/elephant-seals

https://www.ucdavis.edu/health/news/elephant-seal-colony-declines-one-year-after-avian-flu-outbreak

https://www.nps.gov/places/northern-elephant-seal.htm?utm_source=chatgpt.com

https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8233432/?utm_source=chatgpt.com

https://en.wikipedia.org/wiki/Southern_elephant_seal

https://en.wikipedia.org/wiki/Northern_elephant_seal