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"No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que contar y contarlo" (Oscar Wilde). "Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe" (Severo Ochoa).

lunes, 13 de julio de 2026

El águila filipina: la lucha por la supervivencia en un entorno antropizado

El águila filipina o águila monera de Filipinas (Pithecophaga jefferyi) es una de las aves rapaces más fascinantes y quizás más desconocidas a nivel mundial. Dueña de una imponente silueta, de una llamativa cresta de plumas y de una mirada penetrante, esta especie se ha convertido en uno de los mayores símbolos de la extraordinaria biodiversidad de Filipinas. Sin embargo, también representa uno de los ejemplos más dramáticos de cómo la destrucción de los bosques tropicales puede conducir al borde de la desaparición a un superdepredador insular. Hoy se considera una de las águilas más amenazadas del planeta y su supervivencia depende en gran medida de la conservación de los últimos grandes bosques primarios del archipiélago.

Aunque las poblaciones indígenas filipinas conocían desde hacía siglos a esta espectacular rapaz, la ciencia occidental no tuvo noticia de ella hasta finales del siglo XIX. En 1894, el naturalista y explorador británico John Whitehead obtuvo un ejemplar en la isla de Sámar durante una de sus expediciones zoológicas por Filipinas. Whitehead envió la piel del ave a Inglaterra, donde fue examinada por el ornitólogo William Robert Ogilvie-Grant, conservador del Museo de Historia Natural de Londres. Al año siguiente, en 1896, Ogilvie-Grant describió formalmente la especie para la ciencia y le otorgó el nombre de Pithecophaga jefferyi. El epíteto específico jefferyi rendía homenaje a Jeffery Whitehead, padre del descubridor.

El nombre genérico, sin embargo, reflejaba una interpretación errónea de su dieta. Pithecophaga significa literalmente "comedora de monos", pues los primeros ejemplares estudiados contenían restos de primates y se pensó que éstos constituían su principal alimento. Décadas después se comprobó que, aunque efectivamente captura monos cuando tiene ocasión, su dieta es mucho más diversa y depende de la isla donde viva, incluyendo lémures voladores filipinos, civetas, ardillas, grandes aves, reptiles e incluso otros mamíferos arborícolas. A pesar de ello, el nombre científico se ha conservado por prioridad nomenclatural y constituye hoy un curioso recordatorio de los errores iniciales en el conocimiento de la especie.

Durante buena parte del siglo XX el águila filipina permaneció envuelta en un halo de misterio. Su extrema rareza, la inaccesibilidad de las montañas cubiertas por selvas tropicales y sus enormes territorios hicieron que muy pocos investigadores pudieran observarla en libertad. No fue hasta las décadas de 1960 y 1970 cuando comenzaron los primeros estudios ecológicos detallados, impulsados por naturalistas filipinos e internacionales preocupados por el rápido deterioro de los bosques del archipiélago. Aquellos trabajos sentaron las bases para comprender su extraordinaria biología y para iniciar los programas de conservación que continúan desarrollándose en la actualidad.

Desde un punto de vista taxonómico, el águila filipina constituye una de las rapaces más singulares del mundo. Pertenece al orden Accipitriformes y a la familia Accipitridae, el mismo grupo que reúne a águilas, milanos, busardos y azores. Sin embargo, ocupa un género monotípico, Pithecophaga, del que es la única especie viva conocida. Esta circunstancia ya pone de manifiesto su enorme singularidad evolutiva. Durante décadas existió un intenso debate acerca de sus afinidades filogenéticas. Su aspecto general recuerda superficialmente a las águilas forestales del género Spizaetus por su larga cresta occipital y sus adaptaciones para maniobrar entre árboles, mientras que otros rasgos del cráneo, del pico y de las patas evocan a las grandes águilas del género Aquila. Los primeros estudios basados exclusivamente en caracteres morfológicos ofrecían resultados contradictorios, dificultando su clasificación. La llegada de las técnicas de secuenciación molecular permitió resolver gran parte de estas incertidumbres. Los análisis genéticos demostraron que el águila filipina pertenece al linaje de las denominadas "águilas serpiente" y mantiene una relación evolutiva relativamente cercana con los géneros Circaetus, Terathopius y Dryotriorchis, aunque representa una rama muy antigua y profundamente diferenciada dentro de este grupo. Su aislamiento durante millones de años en las islas Filipinas favoreció la acumulación de características anatómicas propias que justifican plenamente su inclusión en un género exclusivo.

Esta prolongada evolución insular también ha quedado reflejada en investigaciones genómicas muy recientes. Un estudio publicado en 2026 obtuvo por primera vez un ensamblaje genómico de alta calidad de la especie y reveló un dato especialmente preocupante: los análisis confirmaron una diversidad genética extraordinariamente reducida, coherente con una población históricamente pequeña y con el dilatado aislamiento del animal. Los análisis indican que la especie habría mantenido poblaciones relativamente pequeñas durante un largo periodo evolutivo, probablemente debido a su distribución restringida en un archipiélago fragmentado, situación agravada posteriormente por la intensa deforestación causada por el ser humano. A pesar de esta reducida variabilidad genética, los investigadores detectaron evidencias de que la selección natural ha permitido conservar genes asociados al desarrollo neurológico, la visión y la adaptación al medio forestal, aspectos fundamentales para un depredador especializado en la caza dentro de selvas densas.

Ejemplar de águila filipina. (C) Charles Salutan, (fuente).

El águila filipina es considerada una de las mayores águilas existentes en la actualidad y, probablemente, la mayor rapaz forestal del planeta en términos de longitud corporal. Los adultos alcanzan entre 86 y 102 centímetros de longitud, mientras que la envergadura oscila generalmente entre 1,84 y 2,20 metros. Aunque su apertura alar resulta algo inferior a la de especies como el águila real (Aquila chrysaetos) o el águila marina de Steller (Haliaeetus pelagicus), presenta unas alas relativamente cortas y muy anchas, adaptadas para maniobrar entre la densa vegetación tropical. Existe un marcado dimorfismo sexual en el tamaño. Las hembras, como ocurre en la mayoría de las aves rapaces, son considerablemente mayores que los machos. Los machos suelen pesar entre 4 y 5,5 kilogramos, mientras que las hembras alcanzan habitualmente entre 6 y 8 kilogramos, aunque algunos ejemplares excepcionales han superado ligeramente estas cifras. Esta diferencia de tamaño facilita el reparto de funciones durante la reproducción y puede reducir la competencia alimentaria entre ambos miembros de la pareja.

Su aspecto resulta absolutamente inconfundible. La cabeza aparece coronada por una espectacular cresta formada por largas plumas estrechas de color pardo claro que el ave puede erizar a voluntad. Cuando permanece desplegada, esta cresta confiere al animal una expresión casi leonina y constituye uno de los rasgos más característicos de la especie. Los ojos son grandes, de color gris azulado en los adultos, proporcionando una visión binocular extraordinariamente precisa para detectar presas entre el entramado de ramas y hojas. El pico es enorme, alto y muy comprimido lateralmente, de color gris azulado con la punta negra, capaz de desgarrar con facilidad la carne de mamíferos de tamaño considerable. Las patas son robustas y están provistas de largos dedos rematados por poderosas garras negras que ejercen una enorme presión al sujetar a sus presas. La musculatura de las extremidades posteriores constituye una adaptación esencial para capturar animales arborícolas que intentan escapar entre las ramas. El plumaje combina tonalidades blancas, crema, marrones y negras. La frente y las mejillas son blanquecinas, mientras que la nuca y la cresta presentan un tono pardo amarillento. El dorso y las alas son de color marrón oscuro, contrastando con las partes inferiores mucho más claras, finamente estriadas de marrón en el pecho y el abdomen. La cola muestra varias bandas oscuras transversales perfectamente definidas que resultan visibles tanto durante el vuelo como cuando el ave permanece posada.

En vuelo transmite una impresión de enorme potencia. Alterna vigorosos batidos de alas con planeos relativamente cortos sobre el dosel forestal y aprovecha las corrientes térmicas únicamente cuando abandona las montañas para desplazarse entre valles. A diferencia de las águilas que cazan en espacios abiertos, rara vez permanece largo tiempo planeando a gran altura. Su estrategia consiste en desplazarse silenciosamente entre los árboles, utilizando la cobertura vegetal para sorprender a sus presas desde distancias muy cortas. Una de las características más sorprendentes de esta especie es precisamente la combinación entre su enorme tamaño y su extraordinaria capacidad para desenvolverse dentro de bosques muy cerrados. Las alas relativamente cortas y la larga cola funcionan como superficies de control que le permiten realizar bruscos cambios de dirección entre troncos y lianas, una habilidad poco común entre las grandes águilas del mundo. Esta adaptación refleja millones de años de evolución en selvas tropicales donde la agilidad resulta tan importante como la fuerza.

La distribución del águila filipina constituye uno de los factores que explican su extrema vulnerabilidad. Se trata de una especie estrictamente endémica de Filipinas y, por tanto, no existe de forma natural en ningún otro lugar del planeta. En el pasado ocupaba una superficie forestal mucho más extensa, cuando la mayor parte del archipiélago estaba cubierta por selvas tropicales continuas. Sin embargo, la intensa transformación del territorio sufrida durante los últimos siglos ha fragmentado profundamente su área de distribución, reduciéndola a cuatro grandes islas: Luzón, Sámar, Leyte y Mindanao.

Mindanao alberga actualmente la población más importante y mejor conocida. Allí se concentra aproximadamente la mitad de los individuos existentes, gracias a que todavía conserva algunas de las masas de bosque primario más extensas del país. Las cordilleras centrales de esta isla, junto con las montañas Kitanglad, Apo y otras áreas protegidas, constituyen el principal bastión para la supervivencia de la especie. No obstante, incluso en estas regiones la presión derivada de la expansión agrícola, la minería y la tala ilegal continúa fragmentando el paisaje. Luzón representa el segundo núcleo de importancia. Durante décadas se pensó que la especie había desaparecido prácticamente de la isla, pero nuevos estudios y el uso de cámaras automáticas han permitido confirmar la existencia de varias parejas reproductoras en diferentes macizos montañosos. Sámar mantiene igualmente una población reducida, mientras que en Leyte la situación resulta mucho más delicada debido a la enorme pérdida de cubierta forestal experimentada durante el siglo XX. Aunque estas cuatro islas albergan poblaciones diferenciadas, el intercambio de individuos entre ellas es prácticamente inexistente. El águila filipina evita cruzar grandes extensiones marinas y, en consecuencia, cada población evoluciona como una unidad casi aislada. Este aislamiento geográfico limita el flujo genético y aumenta el riesgo de pérdida de diversidad genética, uno de los principales problemas identificados por los estudios más recientes.

Águila filipina con la cresta desplegada, (fuente).

Su distribución altitudinal resulta relativamente amplia. Puede encontrarse desde zonas próximas al nivel del mar hasta aproximadamente los 1.800 metros de altitud, si bien la mayoría de las parejas se establecen entre los 300 y los 1.500 metros. La elección depende principalmente de la disponibilidad de bosques maduros y de abundancia suficiente de presas, más que de la altitud en sí misma.

Uno de los aspectos más llamativos de su biología espacial es el enorme tamaño de los territorios que ocupa cada pareja. Gracias al seguimiento mediante radiotelemetría y dispositivos GPS se ha comprobado que un único territorio reproductor puede abarcar entre 60 y más de 130 kilómetros cuadrados, dependiendo de la calidad del bosque y de la disponibilidad de alimento. Se trata de superficies extraordinariamente grandes para un ave forestal y ello implica que incluso reservas naturales aparentemente extensas pueden albergar únicamente unas pocas parejas reproductoras. El hábitat del águila filipina está íntimamente ligado a los bosques tropicales maduros. Prefiere selvas primarias con árboles emergentes de gran porte, copas continuas y una elevada complejidad estructural. Estos bosques ofrecen abundantes lugares adecuados para la construcción de los nidos, así como una elevada diversidad de mamíferos, aves y reptiles que constituyen su alimentación.

Aunque ocasionalmente puede utilizar bosques secundarios relativamente bien conservados, plantaciones arboladas o zonas parcialmente alteradas durante sus desplazamientos, rara vez establece territorios permanentes en paisajes muy degradados. Su dependencia de árboles centenarios para nidificar convierte la tala selectiva en una amenaza especialmente grave, incluso cuando aparentemente permanece una parte importante del bosque. Como depredador ápice de los ecosistemas forestales filipinos, el águila desempeña un papel ecológico fundamental. Regula las poblaciones de numerosas especies arborícolas y contribuye al mantenimiento del equilibrio ecológico de unas selvas caracterizadas por elevados niveles de endemismo. La desaparición de un superdepredador de estas características puede desencadenar efectos en cascada difíciles de predecir sobre el funcionamiento del ecosistema.

Su dieta es mucho más variada de lo que sugería su nombre científico. Las presas cambian considerablemente entre unas islas y otras, reflejando las diferencias en la composición faunística local. Uno de los recursos alimenticios más importantes es el colugo filipino (Cynocephalus volans), también conocido como lémur volador filipino, un mamífero planeador exclusivamente arborícola que puede representar una elevada proporción de las capturas en algunas regiones de Mindanao. También captura macacos cangrejeros (Macaca fascicularis philippensis), civetas de las palmeras, ardillas gigantes, ratas arborícolas, murciélagos frugívoros de gran tamaño, varanos, serpientes y diversas aves, incluyendo cálaos y otras rapaces. La composición exacta de la dieta depende de la disponibilidad local de presas y pone de manifiesto la notable capacidad de adaptación del águila a distintos ambientes forestales.

Su técnica de caza resulta especialmente sofisticada. Habitualmente permanece inmóvil durante largos periodos sobre una rama elevada, observando cuidadosamente el dosel. Cuando detecta una posible presa inicia un vuelo corto y extremadamente rápido entre los árboles, aprovechando cualquier abertura en la vegetación para aproximarse sin ser vista. En otras ocasiones cambia repetidamente de posadero antes de lanzar el ataque definitivo. La captura suele producirse mediante un potente impacto con las patas, seguido del uso de las enormes garras para inmovilizar inmediatamente al animal.

Los estudios realizados mediante cámaras instaladas en los nidos han permitido comprobar que la variedad de presas aportadas a los pollos es incluso mayor de lo que se sospechaba inicialmente. Esta información ha contribuido a comprender mejor las necesidades ecológicas de la especie y demuestra que la conservación de comunidades faunísticas completas resulta tan importante como la protección del propio bosque.

Sello postal filipino de 1994 dedicado a su ave nacional, (fuente).

Otra característica sorprendente es su extraordinaria longevidad. Aunque existen pocos datos sobre individuos salvajes debido a la dificultad de seguirlos durante décadas, los ejemplares mantenidos bajo cuidados humanos han superado ampliamente los cuarenta años de edad. Esta larga esperanza de vida compensa parcialmente su lentísimo ritmo reproductor, aunque también hace que las poblaciones tarden mucho tiempo en recuperarse tras sufrir pérdidas.

La biología reproductora del águila filipina se encuentra entre las más lentas conocidas para cualquier ave rapaz. Las parejas son monógamas y, una vez establecidas, pueden permanecer unidas durante muchos años, probablemente durante toda la vida si ambos miembros sobreviven. Cada pareja mantiene un territorio estable que defiende frente a otros individuos mediante vuelos de exhibición y vocalizaciones profundas que resuenan a gran distancia entre las montañas. La construcción del nido constituye una auténtica obra de ingeniería. Seleccionan árboles emergentes de gran tamaño, generalmente dipterocarpos o especies equivalentes, cuyas copas sobresalen claramente sobre el dosel. El nido, elaborado con gruesas ramas y revestido con hojas verdes, puede superar el metro y medio de diámetro y reutilizarse durante numerosos años consecutivos, incorporando nuevo material en cada temporada reproductora hasta alcanzar dimensiones considerables. La puesta consta casi siempre de un único huevo. De forma excepcional puede producirse una puesta de dos, pero únicamente uno de los pollos suele sobrevivir debido al fenómeno conocido como cainismo o reducción de la nidada, frecuente entre las grandes águilas. La incubación dura alrededor de sesenta días y es realizada principalmente por la hembra, mientras el macho se encarga de aportar alimento y defender el territorio. 

Tras la eclosión comienza un prolongadísimo periodo de dependencia. El pollo permanece en el nido durante aproximadamente cinco meses antes de realizar sus primeros vuelos. Sin embargo, incluso después de abandonar el nido continúa dependiendo de sus progenitores durante un periodo que puede prolongarse entre uno y dos años. Durante este tiempo aprende gradualmente las técnicas de caza, el reconocimiento del territorio y las habilidades necesarias para sobrevivir de forma independiente. Este largo aprendizaje explica una de las particularidades más extraordinarias de la especie: las parejas únicamente se reproducen, por término medio, una vez cada dos años. Mientras el joven continúa ocupando parte del territorio familiar, los adultos no inician una nueva reproducción. Como consecuencia, incluso en condiciones ideales una pareja produce muy pocos descendientes a lo largo de toda su vida, lo que limita enormemente la capacidad de recuperación de las poblaciones cuando aumenta la mortalidad.

Determinar con exactitud cuántas águilas filipinas sobreviven en libertad ha sido siempre una tarea extraordinariamente compleja. Su carácter esquivo, la enorme extensión de los territorios que ocupa cada pareja y la dificultad de acceder a muchas zonas montañosas hacen que los censos tradicionales resulten poco eficaces. Durante décadas las estimaciones disponibles oscilaron ampliamente y generaron una considerable incertidumbre acerca del verdadero estado de la especie. Sin embargo, el empleo de nuevas herramientas, como las cámaras automáticas, el seguimiento mediante transmisores GPS, los análisis genéticos y los modelos de ocupación del territorio, ha permitido obtener una imagen mucho más precisa de la situación. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) mantiene actualmente al águila filipina catalogada como En Peligro Crítico (Critically Endangered), la categoría inmediatamente anterior a la extinción en estado silvestre. Las evaluaciones más recientes estiman una población total de entre 392 y 856 parejas reproductoras, lo que equivale aproximadamente a entre 784 y 1.672 individuos maduros. 

Aunque estas cifras son ligeramente superiores a algunas estimaciones históricas, no indican una recuperación significativa de la especie, sino una mejora en los métodos de muestreo y en el conocimiento de su distribución. En cualquier caso, continúa siendo una de las rapaces más escasas del planeta. La tendencia poblacional sigue considerándose decreciente. En algunas áreas protegidas se han detectado territorios que permanecen ocupados durante décadas y donde las parejas continúan reproduciéndose con éxito. Sin embargo, en muchas otras zonas los bosques adecuados desaparecen más rápido de lo que la especie es capaz de colonizar nuevos territorios. La combinación de una baja densidad poblacional, una reproducción extremadamente lenta y una elevada especialización ecológica hace que cualquier incremento de la mortalidad tenga consecuencias desproporcionadas sobre la viabilidad de las poblaciones.

La pérdida de hábitat constituye, con diferencia, la principal amenaza para la especie. Filipinas ha experimentado una de las tasas de deforestación más intensas del sudeste asiático desde mediados del siglo XX. Millones de hectáreas de selva tropical fueron sustituidas por explotaciones agrícolas, plantaciones comerciales, áreas urbanas, carreteras e infraestructuras mineras. Aunque en las últimas décadas se han fortalecido las medidas de protección forestal, la tala ilegal continúa afectando incluso a espacios oficialmente protegidos.

La fragmentación del paisaje representa un problema adicional. No basta con conservar pequeñas manchas aisladas de bosque. El águila filipina necesita extensas superficies continuas que permitan mantener territorios reproductores completos y poblaciones de presas suficientemente abundantes. Cuando los bosques quedan divididos en fragmentos pequeños, las parejas pueden verse obligadas a atravesar zonas abiertas donde aumenta el riesgo de conflicto con las actividades humanas.

La persecución directa continúa siendo otra causa importante de mortalidad. A pesar de encontrarse legalmente protegida desde hace décadas, todavía se producen disparos contra ejemplares adultos, ya sea por desconocimiento, por miedo o por la falsa creencia de que representan una amenaza para el ganado doméstico. Algunos individuos también caen víctimas de trampas colocadas para otros animales o resultan electrocutados al utilizar tendidos eléctricos como posaderos.

En determinadas regiones persiste igualmente la captura ilegal para el comercio de fauna silvestre. Aunque este problema ha disminuido considerablemente gracias al aumento de la vigilancia y de la sensibilización pública, cualquier extracción resulta especialmente grave en una especie que produce tan pocos descendientes a lo largo de su vida. La muerte de un único adulto reproductor puede suponer la desaparición de todo un territorio durante años.

A estas amenazas tradicionales se suman ahora otras más difíciles de evaluar, como los efectos del cambio climático. El incremento en la frecuencia de tifones extremadamente intensos puede destruir árboles de nidificación centenarios o reducir temporalmente la disponibilidad de alimento. Del mismo modo, los cambios en la distribución de las precipitaciones podrían alterar la estructura de los bosques tropicales de montaña de los que depende la especie.

Águila filipina sobrevolando el dosel de la selva, (fuente).

Frente a este panorama, el águila filipina se ha convertido en una de las aves rapaces que concentra un mayor esfuerzo internacional de conservación. Una de las instituciones más importantes es la Philippine Eagle Foundation, creada en 1987 y heredera de iniciativas anteriores impulsadas por científicos filipinos. Desde su centro de conservación en Dávao desarrolla programas de investigación, rescate, rehabilitación, reproducción bajo cuidado humano y educación ambiental que han contribuido decisivamente al conocimiento de la especie.

El programa de cría ex situ constituye uno de los mayores logros alcanzados hasta la fecha. Durante muchos años se consideró prácticamente imposible reproducir esta especie en cautividad debido a su compleja biología reproductora y a la intensa dependencia entre los miembros de la pareja. Tras numerosos intentos, los especialistas consiguieron obtener los primeros nacimientos mediante incubación natural y, posteriormente, perfeccionaron diversas técnicas de manejo que han permitido incrementar gradualmente el número de ejemplares nacidos bajo cuidados humanos. Aunque estos individuos no pueden sustituir a las poblaciones silvestres, constituyen una valiosa reserva genética y ofrecen oportunidades para futuras reintroducciones cuando las condiciones del hábitat lo permitan.

La recuperación de ejemplares heridos representa otra línea de actuación fundamental. Cada año ingresan en los centros especializados águilas afectadas por disparos, trampas, colisiones o desnutrición. Siempre que resulta posible, estos individuos son rehabilitados y devueltos posteriormente a la naturaleza equipados con transmisores GPS que permiten seguir sus movimientos y evaluar su adaptación tras la liberación. La información obtenida mediante estos dispositivos ha revolucionado el conocimiento de la ecología espacial de la especie y ha permitido identificar áreas prioritarias para su conservación.

La protección efectiva del hábitat constituye, sin embargo, el elemento más importante de cualquier estrategia de conservación. Numerosas organizaciones, tanto filipinas como internacionales, trabajan junto a las comunidades locales para preservar los últimos grandes bosques del archipiélago. Entre las medidas desarrolladas destacan la creación de nuevas áreas protegidas, la restauración de corredores forestales, la vigilancia frente a la tala ilegal y el establecimiento de acuerdos de custodia del territorio con propietarios y comunidades indígenas. Precisamente la colaboración con las poblaciones locales se ha convertido en uno de los pilares de la conservación moderna del águila filipina. Muchas comunidades indígenas consideran a esta rapaz un animal sagrado o profundamente ligado a sus tradiciones culturales. Incorporar ese conocimiento tradicional a los programas científicos ha favorecido la aparición de iniciativas de conservación participativa que generan beneficios tanto para la biodiversidad como para las personas que habitan estos bosques.

La investigación científica continúa desempeñando un papel esencial. El reciente ensamblaje del genoma completo de la especie abre nuevas posibilidades para comprender su historia evolutiva, evaluar el grado de parentesco entre poblaciones aisladas y diseñar estrategias de manejo genético más eficaces. Estos estudios permitirán optimizar los programas de reproducción, reducir el riesgo de consanguinidad y priorizar aquellas poblaciones que conservan una mayor variabilidad genética.

Otro aspecto esperanzador es el creciente empleo de tecnologías no invasivas para localizar nidos y monitorizar parejas reproductoras. El uso combinado de drones, sensores remotos, inteligencia artificial aplicada al reconocimiento de vocalizaciones y análisis genéticos de muestras ambientales promete mejorar notablemente el seguimiento de una especie que durante más de un siglo fue considerada prácticamente imposible de estudiar en libertad.

Una muestra del gran tamaño que puede alcanzar el águila filipina, (fuente)

Más allá de su extraordinaria belleza, el águila filipina representa la culminación de millones de años de evolución en uno de los archipiélagos con mayor biodiversidad del planeta. Cada uno de sus rasgos —desde la espectacular cresta que corona su cabeza hasta la agilidad con la que atraviesa el dosel de la selva— refleja una adaptación única a un ecosistema igualmente irrepetible. Su desaparición supondría la pérdida del único representante de un linaje evolutivo singular y empobrecería de forma irreversible el patrimonio natural mundial.

Conservar al águila filipina significa también proteger los últimos grandes bosques tropicales de Filipinas, refugio de miles de especies de plantas y animales que no existen en ningún otro lugar de la Tierra. La historia reciente demuestra que, cuando la investigación científica, las administraciones, las organizaciones conservacionistas y las comunidades locales trabajan de forma coordinada, incluso las especies más amenazadas pueden mantener una oportunidad de futuro. El destino de esta magnífica rapaz dependerá de que esa colaboración continúe fortaleciéndose durante las próximas décadas, permitiendo que el ave nacional de Filipinas siga dominando los cielos de las selvas que la vieron evolucionar.

Más información sobre el águila filipina:

Documental sobre la especie (audio en inglés)

Otro documental con audio en inglés

https://www.iucnredlist.org/species/22696012/273773083

El águila filipina en Wikipedia

Website de la Fundación Águila Filipina

https://birdsoftheworld.org/bow/species/grpeag1/cur/introduction?lang=es

Galería con imágenes y vídeos del águila filipina

https://raptorsoftheworld.org/2020/01/07/estado-de-conservacion-del-aguila-filipina-una-especie-forestal-insular-y-endemica/

https://peregrinefund.org/explore-raptors-species/eagles/philippine-eagle

https://www.rainforesttrust.org/urgent-projects/protect-the-spirit-forest-and-save-the-philippine-eagle/

Investigación de 2026 sobre la genética del águila filipina

martes, 30 de diciembre de 2025

El glotón: feroz depredador de tierras árticas

El glotón o carcayú (Gulo gulo) fue conocido por los pueblos indígenas del hemisferio norte mucho antes de que la zoología occidental lo describiera formalmente. Sin embargo, su descubrimiento científico, tal como lo entiende la historia natural europea, se remonta al siglo XVIII. El primero en describir oficialmente la especie fue Carl Linnaeus en 1758, quien la incluyó en la décima edición de su Systema NaturaeMucho antes de esta clasificación formal, exploradores, tramperos y cronistas europeos ya habían oído hablar del glotón gracias a relatos de pueblos nativos de Norteamérica y Eurasia. Algunos exploradores franceses de Canadá lo llamaban carcajou, término probablemente procedente de lenguas algonquinas, mientras que en inglés norteamericano también circularon nombres como skunk bear o glutton, reflejo de las historias sobre su supuesta voracidad y ferocidad. Estos apelativos coloniales derivaron de una mezcla de observación directa y mitología local, lo que alimentó una reputación legendaria que acompañó al animal durante siglos. 

A lo largo de los siglos XVIII y XIX, naturalistas europeos se encontraron con el glotón en regiones árticas y subárticas durante expediciones científicas en América del Norte, Escandinavia y Siberia. En estas primeras descripciones se destacaban su apariencia semejante a un pequeño oso, su furia desproporcionada en relación a su tamaño y su capacidad de vivir en regiones remotas. A medida que se recopilaron más especímenes y relatos, se comprendió que el glotón era un miembro atípico, pero perfectamente legítimo, de la familia Mustelidae. En Norteamérica, buena parte del conocimiento temprano que los colonos europeos obtuvieron sobre el glotón llegó de manera indirecta, a través de historias de tramperos que lo veían como una molestia incansable capaz de saquear trampas y refugios, un comportamiento que aparece documentado tanto en textos de historia natural como en descripciones etnográficas del siglo XIX. Esta conducta, real o exagerada, influyó en su fama de animal indómito y difícil de estudiar. Con la expansión de la zoología como disciplina en el siglo XIX, comenzaron sus primeras clasificaciones detalladas, aunque no sin controversias. A lo largo de esta época algunos autores llegaron a proponer que las poblaciones norteamericanas y eurasiáticas pertenecían a especies distintas, llegando a nombrar Gulo luscus a la variedad americana, debido a diferencias morfológicas y geográficas percibidas. Sin embargo, la mayoría de taxónomos acabó reconociendo que se trataba de una única especie de distribución holártica

La revisión moderna de la familia Mustelidae considera al género Gulo como monoespecífico, lo que confirma que aquellas distinciones eran interpretaciones iniciales más que diferencias taxonómicas reales. El avance de la genética y la biología evolutiva en los siglos XX y XXI permitió comprender mejor su origen y su expansión. Se han descrito registros fósiles en muchos lugares de Eurasia y América del norte correspondientes al Pleistoceno y el Holoceno (periodo Cuaternario), incluidos bastantes fuera de su distribución histórica. Sin embargo, tan solo se ha reportado un único registro del género antes del Cuaternario en la región rusa de Transbaikalia.  Los datos moleculares señalan que dentro de los mustélidos, los glotones están estrechamente emparentados con la taira, la marta y la marta pescadora, formando junto a todos ellos la subfamilia Guloninae.

Los estudios contemporáneos destacan que el glotón, pese a su tamaño modesto comparado con otros carnívoros, ha sobrevivido a periodos glaciales gracias a una combinación de adaptaciones fisiológicas, un enorme rango de distribución y una afinidad marcada por los climas fríos. Muchas poblaciones del sur de Europa y de Estados Unidos se extinguieron con la presión humana, la caza y el retroceso de su hábitat desde el siglo XIX, lo que explica por qué su área actual es mucho más reducida que la observada en registros históricos. Desde que Linneo lo reconoció como especie en 1758 hasta los estudios genéticos actuales, el glotón ha sido un animal que desafía a quienes intentan entenderlo: esquivo, solitario, fuerte, difícil de observar y rodeado de leyendas desde mucho antes de su “descubrimiento” formal.

Un glotón fotografiado en Alaska, (fuente).

Una de las características más llamativas del glotón es que se trata del mustélido terrestre de mayor tamaño, siendo sólo superado dentro de su familia por la nutria gigante (Pteronura brasiliensis). A pesar de ello, sus medidas no superan las de un perro de tamaño mediano, denotando este hecho que los mustélidos son una familia de carnívoros de pequeño tamaño en general. Los machos pueden llegar a alcanzar cerca del medio metro de altura en los hombros, con una longitud del cuerpo que puede superar el metro en los ejemplares más grandes, a lo que habría que añadir una cola de entre 17 y 26 centímetros aproximadamente. Pueden llegar a superar los 30 kilos de peso. Las hembras son de menor tamaño, siendo este el único carácter distintivo entre ambos sexos, ya que la especie no muestra un dimorfismo sexual marcado. 

El glotón es un prodigio de adaptaciones fisiológicas y ecológicas que le permiten sobrevivir en uno de los entornos más rigurosos del planeta. Su vida está intrínsecamente ligada a las regiones frías del hemisferio norte, y cada rasgo de su anatomía, conducta y ecología parece haber sido esculpido por la nieve, el hielo y la escasez estacional de alimento. Como ya se ha indicado, su rango de distribución abarca una enorme extensión, siendo un animal típico de las regiones más gélidas de Canadá, norte de Estados Unidos, China, Mongolia, Rusia y los países escandinavos. Ocupa una amplia variedad de hábitats: zonas alpinas, bosques boreales de coníferas, zonas abiertas de montaña e incluso zonas de tundra. Se trata de un animal solitario que establece su dominio sobre vastos territorios de hasta 500 kilómetros cuadrados en el caso de los machos y 200 kilómetros cuadrados en el caso de las hembras. Se sabe que realizan extensos movimientos estacionales y son principalmente nocturnos, con algo de actividad diurna también. Su selección de hábitat está marcada negativamente por la presencia humana, se trata de un animal esquivo que evita estar cerca de las carreteras y otros tipos de infraestructuras.

Entre las adaptaciones podemos destacar las siguientes:

1. Sus patas anchas y su forma de locomoción semi-plantígrada, características que distribuyen mejor su peso sobre la nieve blanda e impiden que se hunda en terrenos invernales donde incluso los ungulados más grandes quedan atrapados. Esta ventaja mecánica le permite moverse con eficiencia sobre superficies que serían inaccesibles para la mayoría de los carnívoros, y es una de las razones por las que, incluso con un tamaño relativamente modesto, puede hostigar o aprovechar presas grandes que quedan inmovilizadas o debilitadas en la nieve profunda. La literatura zoológica moderna describe con detalle cómo esta morfología, junto a su musculatura poderosa y su resistencia física, le permite recorrer grandes distancias en condiciones extremas, a menudo superando los 100 kilómetros en un solo día de desplazamiento, según registros de campo en Norteamérica y Escandinavia. 

2. Su pelaje denso, grueso y oleoso es otra pieza clave de su adaptación al frío. La estructura de su manto repele la humedad y acumula aire entre las capas internas, creando una barrera térmica altamente eficiente. Este tipo de pelaje no solo protege al glotón en temperaturas muy bajas, sino que también permite que la escarcha y el hielo no se adhieran fácilmente, una ventaja esencial cuando se mueve entre ventiscas o excava en nieve endurecida para acceder a restos de carroña o preparar lugares de descanso. Este abrigo natural fue tan apreciado por los pueblos indígenas que sus pieles llegaron a emplearse en la confección de parcas y capuchas, justamente porque la escarcha se desprendía con facilidad, evitando que la humedad penetrara en la ropa. 

Hembra de glotón transportando a su cría fuera de la madriguera. Esta grabación, a cargo del naturalista Andrew Manske, representa un hecho excepcional, pudiendo tratarse del primer registro en la naturaleza, (fuente).

3. Otra adaptación sobresaliente es su dieta extremadamente flexible y oportunista. En invierno, cuando la mayoría de las fuentes de alimento escasean, el glotón es principalmente carroñero: sigue rastros de depredadores mayores, localiza cadáveres enterrados por avalanchas y almacena restos en “neveras naturales” bajo la nieve para consumirlos más tarde. Esta estrategia es especialmente eficaz en climas fríos, donde la congelación ayuda a conservar los nutrientes durante semanas o incluso meses. En verano diversifica su dieta e incluye bayas, pequeños mamíferos, huevos, e incluso insectos, adaptándose a lo que el entorno ofrece en cada estación. Los cambios estacionales en los patrones alimentarios constituyen un rasgo fundamental para su supervivencia y para su capacidad de dispersarse por áreas amplísimas. Sus dientes y mandíbulas fuertes están adaptados para triturar huesos congelados y así sacar máximo provecho a la carroña. Su olfato prodigioso les permite detectar cadáveres enterrados bajo metros de nieve. Gracias a su fuerza y agresividad son capaces de ahuyentar animales de tamaño superior, como osos, pumas y lobos para robarles sus presas. 

4. Habitar zonas de clima hostil garantiza bajas densidades de depredadores y competidores. Necesita grandes extensiones de terreno relativamente intacto, con baja presencia humana, y temperaturas que mantengan el alimento congelado y la nieve estable durante largos periodos. Los estudios ecológicos confirman que prefiere regiones remotas, a menudo por encima del límite forestal o en áreas con mínima actividad humana. Recorre su territorio de manera casi continua, siempre en movimiento, oliendo, excavando y explorando. 

5. Cuentan con glándulas odoríferas (glándulas anales) con las que segregan un líquido de fuerte olor que les sirve para marcar su territorio y ahuyentar a posibles depredadores.

6. Sus garras curvas, afiladas y semirretráctiles son ideales para trepar árboles y rocas, así como para excavar. Junto con la potente musculatura que han desarrollado en cabeza, cuello y hombros, son capaces de derribar presas de tamaño muy superior al suyo, como caribúes, cabras montesas, crías de alce e incluso bisontes.

7. La biología reproductiva del glotón es igualmente fascinante y refleja una estrategia finamente ajustada a los retos de su ecosistema. A diferencia de otros carnívoros de tamaño comparable, el glotón exhibe un fenómeno conocido como implantación diferida: aunque el apareamiento se produce entre mayo y julio, el embrión no se implanta inmediatamente en el útero. En su lugar, queda en un estado latente hasta que las condiciones ambientales son favorables, de modo que las crías nacen a finales del invierno o comienzos de la primavera, cuando la nieve profunda aún proporciona aislamiento, pero la disponibilidad de alimento empieza a aumentar. Este mecanismo ofrece una ventaja considerable en paisajes tan impredecibles como la taiga y la tundra, permitiendo sincronizar el nacimiento de las crías (generalmente entre dos y cinco por camada) con el momento óptimo para su supervivencia. Las madrigueras suelen ubicarse bajo la nieve, en cavidades de roca o troncos caídos, donde la hembra prepara una cama de hojas o hierba que protege a los recién nacidos del frío extremo. 

Sello postal de Estados Unidos con la imagen del glotón, (fuente).

No obstante, esta delicada dinámica reproductiva convierte al glotón en una especie particularmente vulnerable a los cambios ambientales acelerados. Las amenazas que enfrenta hoy son múltiples y crecientes. De todas ellas, la más crítica es la pérdida de nieve persistente asociada al calentamiento global, ya que afecta directamente tanto la disponibilidad de refugios adecuados para las madrigueras como la capacidad del animal para desplazarse y dispersarse por su territorio. Estudios recientes sobre su conectividad genética demuestran que la reducción del manto nival interrumpe las rutas entre poblaciones, disminuye el flujo genético y amenaza la estabilidad a largo plazo de la especie, especialmente en las zonas más meridionales de su distribución. 

A estas presiones climáticas se suma la fragmentación del hábitat debida a actividades humanas como la construcción de carreteras, la deforestación, la minería y la expansión de áreas de recreo y asentamientos. En Norteamérica, las poblaciones del glotón en las Montañas Rocosas y otras regiones montañosas han experimentado una reducción significativa desde el siglo XIX, y algunos estudios señalan que ciertas subpoblaciones podrían haber desaparecido localmente debido a la combinación de persecución humana y pérdida de territorios fríos adecuados. La sobreexplotación de su piel en épocas pasadas también contribuyó al declive de sus números, aunque hoy el comercio está regulado en la mayoría de los países donde habita la especie. 

La presión humana afecta además la disponibilidad de alimento, reduce la calidad de los refugios y aumenta los encuentros conflictivos con el animal, especialmente entre tramperos. La especie, en su continua búsqueda de comida, puede llegar a saquear trampas o refugios, lo que históricamente le generó una reputación de “saqueador indeseable” y provocó persecución directa. A pesar de esto, su carácter solitario y la vastedad de sus territorios dificultan su estudio y hacen que gran parte de su ecología siga siendo esquiva. La investigación moderna, sin embargo, coincide en que la supervivencia futura del glotón depende de proteger y conectar las regiones frías que funcionan como “islas de hábitat” donde el animal puede prosperar. 

El glotón también está presente en el arte, como demuestra este grabado de 1788, (fuente).


Las agencias de conservación han empezado a responder a estas amenazas, y en 2023, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos otorgó protección federal al glotón norteamericano bajo la Ley de Especies en Peligro, reconociendo oficialmente que el cambio climático está desmantelando el componente esencial del ambiente del que depende la especie. A nivel global, los esfuerzos buscan identificar corredores ecológicos, mitigar la fragmentación y monitorear genéticamente las poblaciones para asegurar su viabilidad a largo plazo.

Más allá de las extraordinarias adaptaciones que le permiten sobrevivir en los paisajes boreales, el glotón ocupa un lugar ecológico muy particular en los ecosistemas fríos del hemisferio norte. Su papel como consumidor oportunista y carroñero especializado lo convierte en un eslabón clave en la limpieza y redistribución de nutrientes en entornos donde la materia orgánica puede permanecer congelada durante meses. Su capacidad para localizar cadáveres enterrados bajo metros de nieve, contribuye a evitar la acumulación de restos que de otro modo tardarían mucho tiempo en descomponerse. Esta función ecológica, aunque difícil de cuantificar con precisión debido a su carácter esquivo, es especialmente relevante en regiones donde los ciclos tróficos dependen fuerte­mente de la estacionalidad extrema. 

Además, su facilidad para desplazarse sobre la nieve profunda, gracias a su forma de locomoción semi-plantígrada y a sus patas anchas, no solo le permite acceder a alimento, sino también moverse entre distintos parches de hábitat en paisajes fragmentados. Estos movimientos, amplios y constantes, facilitan la conexión ecológica entre zonas remotas. Por ello, el glotón actúa indirectamente como un indicador de conectividad: allí donde puede desplazarse, suele existir aún un corredor funcional de frío, nieve persistente y baja presencia humana. Estudios de genética paisajística confirman esa relación entre la continuidad del manto nival, la movilidad del glotón y la salud general del ecosistema boreal. 

Un glotón devorando el cadáver de un reno, (fuente).

El simbolismo cultural asociado al glotón también ha dejado una huella profunda. Para numerosos pueblos indígenas de América del Norte y Eurasia, el carcayú ha sido tradicionalmente un animal emblemático, tanto admirado por su tenacidad como temido por su reputación de saqueador infatigable. Antes de que los naturalistas europeos lo clasificaran formalmente, ya ocupaba un lugar destacado en mitos y relatos orales, donde se le atribuían cualidades que iban desde la astucia hasta una fuerza desproporcionada respecto a su tamaño. La persistencia de estos relatos contribuyó a darle a la especie un aura de misterio y ferocidad que, aunque exagerada, encontró eco en las primeras observaciones de exploradores y tramperos occidentales. 

En cuanto a los métodos modernos utilizados para estudiar a este carnívoro tan esquivo, los científicos se han visto obligados a combinar tecnologías avanzadas con enfoques tradicionales. Dado que su densidad poblacional es baja y sus territorios muy extensos, las observaciones directas resultan raras. Por ello, los investigadores recurren a análisis genéticos extraídos de pelos o heces, a estudios de isótopos estables que permiten reconstruir cambios dietéticos a lo largo del tiempo y a técnicas de genética del paisaje que revelan patrones de conectividad entre poblaciones. Algunos de estos métodos han permitido documentar alteraciones en la dieta del glotón a lo largo de un siglo completo, así como comprobar cómo las condiciones ambientales y la fragmentación influyen en el intercambio genético entre regiones distantes. Todo ello ha sido crucial para comprender su vulnerabilidad actual ante el calentamiento global y para diseñar estrategias de conservación más eficaces. 

Hoy, la conservación del glotón se encuentra en un punto decisivo. Su dependencia de la nieve persistente, la necesidad de grandes territorios intactos y su baja densidad natural hacen que cualquier alteración del clima o del paisaje tenga efectos amplificados. Su futuro depende de mantener conectados los fragmentos de naturaleza fría que todavía perduran. En este sentido, el glotón no es solo un superviviente de los hielos: es también una advertencia viviente de cómo los ecosistemas boreales (entre los más frágiles del planeta) reaccionan ante los cambios acelerados de nuestra era.

En conjunto, es un animal diseñado para sobrevivir donde pocos mamíferos medianos podrían hacerlo: un superviviente de las nieves, dotado de un pelaje magnífico, una astucia notable y una fuerza desproporcionada para su tamaño. Todo ello lo convierte en una de las especies más fascinantes del hemisferio norte, además de un indicador temprano de los efectos del calentamiento global y de la fragmentación de los ecosistemas boreales.

Por último, destacar que el glotón es el animal real que inspiró la creación del personaje de Marvel Lobezno (Wolverine en inglés), creado por Roy Thomas en 1974 para ser un héroe canadiense. Thomas buscaba crear un héroe para la creciente audiencia de Marvel en el país norteamericano y eligió al glotón por su reputación de fiero y resistente. El personaje de cómic muestra similitudes tanto físicas como de comportamiento con el animal: es compacto, musculoso, fuerte, dotado de garras afiladas, habita regiones frías y su comportamiento es solitario, gruñón, difícil de acorralar y capaz de enfrentarse a enemigos de mucho mayor tamaño. 


Más información sobre el glotón o carcayú:

Vídeo del glotón enfrentándose a rivales mucho mayores

Video titulado "El demonio de la tundra"

https://animaldiversity.org/accounts/Gulo_gulo/

https://www.iucnredlist.org/species/9561/45198537

https://www.infobae.com/america/ciencia-america/2024/10/02/el-animal-poco-conocido-que-inspiro-a-wolverine-de-marvel/

lunes, 28 de julio de 2025

Bisonte europeo: el regreso de un gigante

 El bisonte europeo, wisent o más coloquialmente búfalo europeo (Bison bonasus) es una de las dos especies de bisontes que sobreviven actualmente en el mundo, junto a su pariente el bisonte americano. La especie estuvo al borde de la extinción a principios del siglo XX, pero gracias a los programas de cría y recuperación, hoy en día viven en libertad y semilibertad varios miles de estos animales, repartidos en diversas poblaciones principalmente en la zona central y oriental de Europa. 

Se trata del animal terrestre más grande del continente, y se piensa que los individuos en el pasado pudieron alcanzar incluso mayores dimensiones que sus descendientes modernos. La longitud del cuerpo oscila entre 210 y 350 centímetros, con una altura en la cruz de hasta dos metros y una cola que puede alcanzar los 80 centímetros. El peso normalmente se sitúa entre 350 y 1.000 kilogramos, siendo considerablemente más corpulento el macho. Posee un pelaje denso de un color que varía entre el marrón oscuro y el marrón dorado. El cuello es corto y ancho, intensificado por una especie de corta melena en su parte inferior. Con un cuerpo relativamente estrecho, especialmente en sus cuartos traseros, destaca una notable joroba sobre los hombros del animal. Las extremidades son más largas que las de su pariente americano, y la cabeza es más pequeña y se mantiene más elevada que la de este. El pelo adquiere un aspecto más lanoso alrededor de los hombros, el cuello y la frente, mientras un mechón a modo de "barba" cuelga de las mejillas. Los cuernos, presentes en ambos sexos, son por lo general algo más largos y curvados que los de sus parientes del otro lado del Atlántico. Las hembras, además de por su menor corpulencia, se distinguen de los machos por sus cuernos y cuello más delgados y su joroba de menor tamaño.

Grupo de bisontes europeos reintroducidos en las dunas de Kraansvlak (Países Bajos), (fuente).

En tiempos prehistóricos, el bisonte europeo habitó la mayor parte del continente, desde el norte de España, hasta las montañas del Cáucaso, extendiéndose su área de distribución también por la parte asiática de Rusia, llegando por el este hasta el lago Baikal y la cordillera de Altai. Compartió territorio con el ya extinto bisonte estepario (Bison priscus) y fue representado en multitud de cuevas mediante pinturas rupestres, algunas de las cuales tienen una antigüedad de 20.000 años. Con el paso de los siglos, la cantidad de estos ungulados fue menguando a medida que las poblaciones humanas crecían y competían con ellos por el territorio. De esta manera, se llegó al siglo XX con la especie prácticamente al borde de la extinción. Tan solo sobrevivían dos poblaciones: una albergando unos pocos individuos en las remotas montañas del Cáucaso norte (sur de la Federación Rusa) y otra con un mayor número de efectivos en el bosque de Bialowieza (Polonia). Al llegar la Primera Guerra Mundial, las tropas de ocupación alemanas eliminaron unos 600 animales de esta última con el fin de ser consumidos como alimento, caza deportiva y otros propósitos. Al final de la guerra, solo quedaban vivos nueve bisontes en Polonia. El último de ellos en estado salvaje fue abatido en 1921. 

No corrió muy diferente suerte la población del Cáucaso: el último de los animales en libertad fue eliminado en 1927, quedando desde ese momento la especie extinta en la naturaleza. Por suerte, para aquel entonces, una docena de ejemplares eran mantenidos en parques zoológicos y colecciones privadas. Este sería el punto de partida para su recuperación.

A principios de la década de 1920 fue fundada por científicos de Polonia, Alemania, Reino Unido y Suecia la "Sociedad para la protección del bisonte europeo (SPEB)", cuyo primer objetivo fue realizar un inventario de todos los bisontes vivos con el fin de iniciar un programa de cría. Sus esfuerzos se centraron en repoblar el bosque de Bialowieza, una de las mayores áreas forestales de Europa, ideal como hábitat capaz de albergar un gran número de estos enormes ungulados. 

Bisonte del Cáucaso macho fotografiado en la década de 1920 en el zoológico de Hamburgo, (fuente).

Los intentos de reintroducción del animal comenzaron muy poco después de su desaparición en estado salvaje, ya que en 1928 daría inicio en el citado bosque polaco un programa de cría especial, hecho que supuso el pistoletazo de salida a la recuperación de la especie. Durante las siguientes décadas, el número de bisontes en cautividad aumentó significativamente, pero hubo que esperar hasta 1954 para asistir a la liberación en la naturaleza de los dos primeros ejemplares fruto del programa. Este hecho fue seguido por la reintroducción de la especie en zonas salvajes de distintos países europeos. 

La recuperación del bisonte europeo está siendo eficaz aunque lenta, en gran medida debido a que buena parte de la población en cautividad se encuentra en parques zoológicos con unas instalaciones de tamaño limitado, inadecuadas para cobijar manadas de gran tamaño. En el año 2000, la población total de estos animales se estimaba en alrededor de 2.800 individuos. A partir de 2004, la mayoría de esfuerzos dedicados a la conservación de la especie han sido guiados y coordinados por el "Plan de Acción del Bisonte", programa elaborado por la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), en colaboración con el "Centro Europeo para la Conservación del Bisonte (EBCC)" y otras organizaciones. Un hito importante en el desarrollo de este plan tuvo lugar en 2020, cuando el estatus de la especie pasó de "vulnerable" a "casi amenazada" de acuerdo con los estándares de la UICN. Gracias a los programas de recuperación, el número de individuos pastando hoy en día en régimen de libertad y semilibertad supera los 7.000. 

Durante los últimos años, el bisonte europeo ha sido reintroducido en países en los que llevaba mucho tiempo ausente, como Rumanía, donde los últimos ejemplares habían desaparecido hace más de dos siglos. El programa de reintroducción comenzó en los Cárpatos meridionales en 2014. En 2021 había más de 100 ejemplares en la zona, incluyendo 25 terneros nacidos en libertad. Otra zona del país donde se han reintroducido es el parque natural Vanatori-Neamt, en el noreste del territorio. 

Asimismo, se están llevando a cabo iniciativas de repoblación en muchos otros países europeos, como Polonia, Bielorrusia, Bulgaria, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, España e Inglaterra. 

Sello postal de Bielorrusia dedicado al bisonte europeo, (fuente).


Diversos estudios han demostrado que los machos entre cuatro y seis años de edad son capaces de llevar a cabo una espermatogénesis completa, por lo que ya son maduros sexualmente. Sin embargo, no participan aún en la reproducción: los toros de más edad les impiden acercarse a las hembras. La edad reproductora en los machos empieza a los seis años y finaliza a partir de los doce, debido a que el proceso de espermatogénesis se ve atenuado a partir de entonces. Las hembras generalmente alcanzan la madurez sexual en su tercer año de vida y dan a luz a su primer ternero durante el cuarto año, aunque la maternidad puede adelantarse un año o retrasarse uno o dos años. Pueden dar a luz a lo largo de toda su vida, aunque suelen hacerlo hasta los 18-20 años de edad. La temporada de celo se produce de agosto a octubre y el periodo de gestación dura alrededor de 265 días. Lo normal es que cada parto esté compuesto por un único ternero, aunque esporádicamente se componen de dos en los partos de animales cautivos. La expectativa de vida de los machos en cautividad ronda los 20 años, mientras que en estado salvaje no viven más de 14-16 años. Las hembras en cautividad pueden vivir hasta 28 años, mientras que la hembra más longeva observada en estado salvaje tenía 24 años. 

El bisonte europeo es un animal gregario. Las unidades poblacionales básicas observadas son tanto grupos mixtos como grupos de machos. Los grupos mixtos contienen hembras, bisontes jóvenes de 2-3 años de edad, terneros y temporalmente machos adultos. El tamaño de estos grupos varía dependiendo del territorio en que se asientan, pero no suele superar los 20 animales por término medio. Los grupos de machos son pequeños en todas las poblaciones, estando formados por dos animales por término medio. Más de la mitad de los machos viven una vida solitaria. 

Los bisontes tienen gran importancia ecológica, ya que son una especie clave en el ecosistema del que forman parte. Ejercen gran influencia sobre la vegetación, ayudan a regular su crecimiento ya que se alimentan de grandes cantidades de herbáceas y arbustos, abren múltiples caminos en los bosques con el simple hecho de caminar a su través, crean parches de suelo desnudo al revolcarse en él, con lo que habilitan a plantas pioneras para colonizar nuevos espacios. Estos animales también contribuyen en gran medida a la reproducción de numerosas especies de plantas mediante la dispersión de nutrientes y semillas con sus excrementos, lo que aumenta la biodiversidad y favorece a los polinizadores. Además, son responsables de otros beneficios para el ecosistema, por ejemplo hay especies de pájaros que utilizan su pelaje invernal para construir nidos o se alimentan de las garrapatas y otros parásitos de su piel, como es el caso de las urracas. 

Hembra de bisonte europeo acompañada de su ternero, (fuente).

A pesar de que las poblaciones de bisonte europeo han experimentado un gran auge desde el comienzo de los programas de cría y reintroducción, la especie aún se enfrenta a diversas amenazas, que podemos resumir de la siguiente manera: 

  1. Genética. La variabilidad genética de la especie es relativamente baja, debido a su extinción en estado salvaje a principios del siglo XX y posterior restauración a partir de tan solo doce animales cautivos. A este hecho hay que sumar que la mayoría de subpoblaciones se encuentran funcionalmente fragmentadas y aisladas de grupos vecinos ya sea por la distancia o por barreras, tanto naturales como debidas al ser humano.
  2. Especie refugiada. Cuando comenzó la reintroducción de la especie en el medio natural en la década de 1950, el animal fue caracterizado como un especialista de bosque, por eso fue reintroducido en hábitats forestales. Sin embargo, posteriores estudios, sugieren que el hábitat óptimo para los bisontes son las grandes praderas abiertas, un tipo de espacios que no son muy abundantes en Europa, debido a la elevada densidad de poblaciones humanas y el consecuente uso del suelo para actividades agrícolas. El hecho de obligar a estos animales a ocupar un hábitat subóptimo, deriva en inconvenientes para el desarrollo de las poblaciones, ya que los individuos ven reducida su eficacia biológica, lo que afecta a sus densidades.
  3. Enfermedades. El reducido tamaño de las subpoblaciones y su aislamiento puede contribuir a la expansión de ciertas enfermedades en los grupos, como las causadas por virus respiratorios, la tuberculosis bovina o los más de 90 tipos de parásitos detectados hasta ahora en la especie.
  4. Caza furtiva. En la década de 1990, esta actividad supuso un grave problema en Ucrania, llevando a una importante disminución de sus números e incluso a la extirpación completa de algunas manadas. En otros países, como Rusia, se da el mismo problema. A pesar de que en el este de Europa existen grandes praderas que pueden representar espacios adecuados para su reintroducción en estado salvaje, la inestabilidad política de la zona hace que finalmente no se opte por estos lugares. 
El bisonte europeo, con su imponente presencia y su historia de recuperación, tiene un enorme potencial como atractivo turístico. Su reintroducción en reservas naturales ofrece a los visitantes experiencias únicas de observación de fauna salvaje en paisajes abiertos. Además, su papel ecológico como "arquitecto del paisaje" añade valor educativo y medioambiental, atrayendo tanto a amantes de la naturaleza como a ecoturistas interesados en la conservación. En regiones rurales, puede convertirse en un catalizador del turismo sostenible y el desarrollo local.

Más información sobre el bisonte europeo:













jueves, 26 de diciembre de 2024

El takahe: historia de un retorno inesperado

 El calamón de Isla Sur o takahe (Porphyrio hochstetteri) es una de las aves más fascinantes y enigmáticas de Nueva Zelanda. De plumaje azul y verde brillante y robusto pico rojo, el takahe es un símbolo de la resiliencia de la naturaleza y de los esfuerzos humanos por conservarla. La historia de este animal es un viaje a través del tiempo, marcado por descubrimientos, extinciones aparentes y redescubrimientos milagrosos.

El primer encuentro documentado con el takahe se produjo en 1847, cuando el naturalista neozelandés Walter Mantell desenterró algunos restos óseos del animal en dos localidades de la Isla Norte de Nueva Zelanda. Enseguida se dio cuenta de que estaba ante un ave robusta y no voladora, estrechamente relacionada con los miembros de la familia rallidae, un grupo de aves gruiformes ampliamente extendido por el mundo. A pesar de no estar aún catalogada por la ciencia, la especie era conocida por los maoríes de la Isla Norte, quienes la habían cazado en tiempos anteriores y se referían a ella con el nombre de moho, pero aseguraban no haber visto un ejemplar en mucho tiempo.

Al año siguiente, los huesos fueron utilizados por el paleontólogo Richard Owen para describir una nueva y aparentemente extinta especie a la que en un principio nombró Notornis mantelli, denominación que posteriormente sería sustituida por Porphyrio mantelli. 

En 1849, para sorpresa del mundo científico, un individuo de la especie fue capturado vivo por el perro de un cazador de focas, pero esta vez en uno de los islotes pertenecientes a la Isla Sur. Su piel fue comprada por Mantell y enviada al Museo Británico. Por aquel entonces, trascendió que los maoríes de la Isla Sur conocían al animal con el nombre de takahe. Tan sólo dos años más tarde sería capturado un nuevo ejemplar en la Isla Sur, pero después de esto, tendrían que pasar casi tres décadas hasta el avistamiento en 1879 del siguiente animal.

Sería el zoólogo alemán Adolf B. Meyer, quien, tras comparar especímenes de las dos islas, llegase a la conclusión de que el moho y el takahe eran lo suficientemente distintos como para ser considerados especies separadas. Decidió nombrar a la especie de la Isla Sur como Notornis hochstetteri, en honor al explorador Ferdinand Von Hochstetter, quien se había dedicado sin éxito a su búsqueda durante los 28 años previos sin avistamientos del ave. Sin embargo, estudios posteriores determinaron que los animales de ambas islas pertenecían a la misma especie, degradando al takahe a una mera subespecie (N. mantelli hochstetteri).

Imagen de un calamón takahe tomada en la isla de Maud, una de las muchas pequeñas islas de la parte septentrional de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Autor: Sid Mosdell (fuente).

No se volvería a tener noticia de un nuevo avistamiento hasta 1894, año en que se produjo la primera captura de un ejemplar vivo en la Isla Norte. Era la primera vez que se producía tal evento desde el descubrimiento de sus huesos en 1847. Desde esa captura hasta la actualidad, ningún otro especimen ha sido capturado o siquiera avistado en la Isla Norte, por lo que hoy en día se considera la existencia de una sola especie denominada comúnmente takahe (Porphyrio hochstetteri).

Mientras que en la Isla Norte no se volvieron a tener noticias del animal, un nuevo ejemplar hizo reaparición en la Isla Sur en agosto de 1898, -una vez más capturado por un perro- a orillas del lago Te Anau. Se trató del primer ejemplar completamente preservado y fue depositado en un museo en la ciudad de Dunedin. Repitiéndose el mismo patrón que en ocasiones anteriores, no volverían a tenerse noticias del animal durante mucho tiempo, hasta tal punto, que los expertos llegaron a creer muy seriamente que, esta vez sí, había desaparecido para siempre.

Afortunadamente, no todo el mundo estaba convencido de la extinción del takahe. Una de estas personas era Geoffrey Orbell, un médico neozelandés cuya figura sería clave en la historia del ave neozelandesa. Había recogido gran cantidad de información proveniente de los testimonios de maoríes que habitaban el entorno del lago Te Anau, donde habían sido avistados y capturados algunos ejemplares en el pasado. Se dio cuenta de que en las montañas que surcaban las orillas orientales de este lago, existía otro gran lago aún sin documentar por los occidentales, que además, supuestamente era -según los testimonios- hogar del takahe. De hecho, se creía que era lugar de anidamiento de estas aves. 

Orbell lideró una pequeña expedición al recién descubierto lago en abril de 1948. Aunque encontró algún rastro indicativo de la presencia del animal en la zona, no avistó directamente ningún ejemplar. Siete meses después, volvería a lanzar otra expedición en el mismo lugar, para finalmente, tropezarse con el "extinto" animal el 20 de noviembre de 1948. Mientras Orbell y sus acompañantes caminaban por un valle, un ejemplar de takahe se cruzó en su camino. A finales de aquel mismo año, el equipo de Orbell había logrado capturar vivos a dos individuos a los que examinaron y filmaron meticulosamente antes de volver a soltarlos.

En 1949, Orbell lideró una nueva expedición al valle en que había descubierto la presencia de takahes. Como fruto de las observaciones realizadas, estimó que habría unas 20 parejas reproductoras viviendo en la zona, a las que habría que sumar varias más en otro valle adyacente. La región fue declarada zona protegida inmediatamente, recibiendo el nombre de Takahe Valley y englobando todo el área de distribución de la especie.

Sello postal de Nueva Zelanda dedicado al takahe (fuente).

Los registros subfósiles indican que en el pasado la especie estuvo distribuida por toda la Isla Sur de Nueva Zelanda, pero en el momento de su redescubrimiento en 1948, ya se encontraba confinada en un área de unos 650 kilómetros cuadrados en las montañas Murchison, dentro del Parque Nacional Fiordland, en el suroeste de la Isla Sur. La población total de la especie se estima actualmente en unos 418 individuos, con aproximadamente 130 parejas reproductoras. Si bien históricamente el número de efectivos ha sufrido grandes fluctuaciones, se calcula que la población ha venido creciendo alrededor de un 10% al año desde 2015 gracias a la protección de la que gozan estos animales. Aun así, el ave se encuentra en peligro según el baremo de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). 

Se trata de un ave sin capacidad de volar debido a su elevado peso. Es una especie monógama que se reproduce entre octubre y diciembre construyendo un nido en el suelo en el que la hembra pondrá de uno a tres huevos que eclosionarán al cabo de un mes. Los polluelos -que serán alimentados por ambos progenitores- nacen con el plumaje oscuro, pero poco a poco va tornando en el azulado-verdoso del adulto. El pico también es oscuro al nacer, volviéndose rojizo con el tiempo. Alcanzan la madurez reproductora en su segundo año de vida. Tienen una dieta principalmente herbívora, alimentándose de hojas, semillas, brotes, varios tipos de hierbas e incluso algunos insectos.

Hembra de takahe incubando la puesta en su nido (fuente).

Históricamente, la caza por humanos, la deforestación y la introducción de depredadores como el armiño (Mustela erminea), han contribuido a la desaparición de esta especie de muchas zonas de su rango de distribución. Otras especies introducidas, como es el caso del ciervo rojo (Cervus elaphus) compiten con el takahe por el alimento. La endogamia también parece suponer un problema en las poblaciones pequeñas. 

Desde su redescubrimiento, se han implementado numerosos esfuerzos de conservación para proteger la especie. El Departamento de Conservación de Nueva Zelanda ha establecido programas de cría en cautividad y ha reintroducido takahes en varias islas libres de depredadores. Además, se han llevado a cabo esfuerzos para controlar las poblaciones de estos últimos y el acceso del público a su área de distribución está estrictamente limitada desde hace décadas. Uno de los programas de conservación más exitosos ha sido el de la isla Tiritiri Matangi, donde se ha conseguido establecer una población viable. 

Por último, destacar que el takahe no sólo es importante desde el punto de vista ecológico, sino también cultural. Para los maoríes, es un tesoro que tiene un significado espiritual y cultural profundo. La conservación de esta especie es vista como una responsabilidad compartida entre el gobierno y las comunidades locales, especialmente las compuestas por maoríes. El redescubrimiento del takahe es un recordatorio poderoso de la capacidad de la naturaleza para sorprendernos y de la importancia de la conservación. 


Más información sobre el calamón takahe de Isla Sur:

Vídeo sobre el takahe

Otro vídeo acerca del animal

https://www.iucnredlist.org/species/22692808/170983662#taxonomy

https://es.wikipedia.org/wiki/Porphyrio_hochstetteri

Galería de imágenes del takahe

https://animalia.bio/es/south-island-takahe?letter=t

https://crux.org.nz/crux-news/takahe-breeding-success-5-nests-in-greenstone-valley

https://www.xataka.com/ecologia-y-naturaleza/durante-50-anos-nueva-zelanda-dio-perdido-al-ave-takahe-ahora-ha-regresado-extincion

https://birdsoftheworld.org/bow/species/takahe3/cur/introduction?lang=es

https://www.muyinteresante.com.mx/medio-ambiente/38693.html

https://mundoextinto.com/descubriendo-la-gallina-de-los-takahe-en-nueva-zelanda/